Para dar pasto abundante a sus aficiones de impertérritas lectoras, tenían siempre sobre la mesa de la cocina abundante provisión de novelas económicas y folletines poéticos, cuyos fragmentos más interesantes declamaban en alta voz acompañadas del hervor de los pucheros y del estrépito de la loza en el fregadero.

A aquella biblioteca acudió María, y excusado es decir el efecto que en su imaginación romancesca causarían tales obras, que eran brillantes apologías del amor y en las cuales se pintaban con colorido exagerado las innumerables pasiones que encrespan tempestuosas el océano de la vida.

Ocurría esto en 1832, justamente cuando la revolución de julio, derribando la estúpida tiranía de los Borbones y creando una monarquía ciudadana sobre las ensangrentadas barricadas, quitaba toda traba al pensamiento humano, que corría con el atolondramiento y el ciego impulso de un niño a quien abren las puertas de un triste colegio.

El gusto romántico vencía al frío clasicismo, y la imaginación se enseñoreaba del mundo dominando en el cerebro humano a las demás facultades.

Dos jóvenes que entonces hacían gran ruido y que habían de pasar a ser inmortales, eran los dueños de la situación, y Francia entera se entusiasmaba leyendo las "Orientales" y las "Odas y baladas", del hijo de un antiguo general bonapartista llamado Víctor Hugo, o se conmovía repitiendo las melodiosas "Contemplaciones" de un provinciano llamado Lamartine.

Chateaubriand, el cantor del realismo y de las glorias de los hijos de San Luis, veía pateadas con desprecio sus obras por la triunfante Revolución, que levantaba con sus robustos brazos para exponerlos a la pública adoración a aquellos jóvenes bardos amamantados en la férrea leche de sus pechos.

Los primeros libros que cayeron en manos de María fueron las obras de aquellos dos poetas.

¡Cómo describir la grandiosa impresión, la tremenda revuelta que causaron en ella tan seductoras obras!

Anhelos hasta entonces no explicados adquirieron forma completa en su imaginación; comprendió, por fin, lo que era el amor y lo que esto significa, y experimentó idéntica impresión que el pájaro que, al fin, puede volar, y abandonando por primera vez el nido, se lanza a los campos embellecidos y caldeados por la vivificante primavera.

Leía y releía con una avidez sin límites los inmortales cantos de aquellos genios, hasta que las estrofas quedaban grabadas en su memoria, y por la noche dormíase repitiéndolas con entonación melancólica, mezclando muchas veces los versos con los suspiros.