Los crepusculares cantos de Lamartine conmovían su alma y le producían idéntica impresión que si una mano poderosa la levantara del suelo para mecerla entre los dorados celajes de la caída de la tarde, y muchas veces tenía que suspender la lectura para llorar sin motivo alguno y únicamente por dar salida a la dulce melancolía que se acumulaba en su pecho.
Víctor Hugo producía en su ánimo un efecto aún más radical y abría ante su imaginación nuevos e infinitos horizontes. Aquellas odas apasionadas le hablaban del amor como de una cosa santificada a la que se debía la existencia del mundo y la suprema felicidad de la vida, y Dios no aparecía en ellas como un ser irascible, vengativo y envidioso a quien le producen accesos de rabia la dicha de sus criaturas, sino como un viejo filósofo, bondadoso y dulcemente jovial, que sonríe plácidamente al contemplar las inocentes travesuras de la apasionada juventud.
Aquella manera de representar al autor del Universo agradaba a María, que no podía menos de estremecerse al recordar el Dios descrito a cada momento por su preceptor, ser omnipotente que sólo admitía en su presencia a las criaturas que renegaban de la naturaleza humana, que despreciaban los puros goces de la vida, que modificaban sus sentimientos y que aceleraban la llegada de la muerte, encerrándose en la tumba del claustro, cuando más exuberantes estaban de salud y fuerza.
Las poesías orientales despertaban en María otra clase de pensamientos, y sin darse cuenta de ello, iba convirtiéndose en una joven romántica y de pasiones fantásticas, como la mayor parte de las de aquella época.
El poeta la hablaba de España, de aquella patria querida que adoraba sin conocer; y con atención mezclada de asombro iba leyendo aquellas musicales estrofas que describían a los nobles abencerrajes y a las españolas sultanas; las serenatas entonadas en voz queda frente a los afiligranados ventanales de la Alhambra, los vistosos y dramáticos torneos, las citas en frondosos jardines y a la luz de la luna, y las empresas heroicas que horripilaban, pero que llevaban a cabo los paladines con el nombre de su amada en los labios.
Ante aquel mundo nuevo que surgía de los armoniosos versos, María experimentaba idéntica impresión que el niño que ve por primera vez en la noche obscura una quema de fuegos de artificio.
Su único pensamiento, la idea que con más fuerza se fijaba en su cerebro, era que ella quería ser una de aquellas heroínas e inspirar una loca pasión a un héroe que por su amada fuera capaz de los mayores sacrificios.
Quería ser la amada de un paladín moderno y hasta morir por él si fuera preciso.
La idea del convento no por esto se apartaba de su memoria, pero se había modificado mucho con la continua lectura.
Ella no iría inmediatamente a un monasterio a llorar faltas que no había cometido ni a odiar a un mundo que no conocía. Antes de renunciar a la vida quería saber por sí propia lo que ésta era, gozar sus dichas y sufrir sus desengaños y aspirar el intenso perfume de un amor novelesco. Después entraría en un convento, pero sería para llorar paseando por los claustros desiertos, y con todo el aspecto de una heroína de poema, el recuerdo del amante muerto en el campo de batalla a manos de una venganza inspirada por los celos.