En aquella linda cabecita se encerraba una imaginación propiamente española, que, una vez se echaba a galopar por el dilatado campo de lo desconocido, no respetaba obstáculo ni traba y recorría con complacencia el terreno de lo absurdo.
Un amante, un héroe, agonizante de amor, que sobreviviera después de la terrible catástrofe como en el último acto de una tragedia, y al final, el convento con toda su monotonía y esa calma sepulcral que sirve de dulce bálsamo a las almas despedazadas.
Esto era en todas sus partes el deseo constante de María, aspiración en la que tropezaba el señor García siempre que apuntaba a su discípula la antigua idea de la clausura religiosa.
El preceptor veía con tranquilidad que María no se manifestaba contraria a tomar el velo; pero no dejaba de producirle cierta alarma el notar que la joven no mostraba tan fogoso entusiasmo como algún tiempo antes, y tenía cierto empeño en reducir las pláticas de devoción, dejando siempre para más adelante el hablar a su padre seriamente de su vocación religiosa.
La transfiguración moral de aquella joven pasaba desapercibida para cuantos la rodeaban.
El señor García, con ser tan listo, no llegaba ni aun a sospechar lo que ocurría en el ánimo de su discípula, y en cuanto a Tomasa, como no sabía leer ni creía que en el mundo hubiese otros libros que los dedicados a la devoción, al ver a su señorita entregada a todas horas a la lectura con una extrema avidez, sentíase conmovida por aquello que ella creía amor a las doctrinas religiosas.
La juvenil mariposa, al llegar a los dieciocho años, estaba totalmente transfigurada.
Por la noche, cuando el cansancio comenzaba a cerrar sus ojos, ya no soñaba en ángeles deslumbrantes ni en demonios horribles. Otras eran las imágenes creadas por su fantasía.
Muchas veces extendía sus brazos, pues le parecía ver a la cabecera de su cama un apuesto paladín de ojos melancólicos y de negra cabellera que, cubierto de limpia armadura, como aquellos héroes de las leyendas, estaba en actitud de velar su sueño.