Sus compañeros de emigración, nobles como él, incapaces de mezclarse con gentes que no fuesen de su clase, le habían presentado en varias casas del barrio de Saint-Germain cuyos habitantes, descendientes en línea recta de los cruzados, daban una vez por semana recepciones, a las que asistía lo más florido de la antigua nobleza y del partido legitimista.

En dichas reuniones, su título de conde y el valor con que se había batido a favor del absolutismo, le valían grandes consideraciones y el contraer importantes amistades; pero esto no evitaba que se aburriera en aquellos salones vetustos, cuyo artesonado contaba siglos, y que prefiriese la sencilla tertulia de Avellaneda con toda su tranquilidad y monotonía y las audaces franquezas de la criada, que se mostraba más impertinente cuanto más cariñosa.

El conde estaba transformado, y las necesidades de la guerra, el continuo roce de las gentes de la montaña, que formaban su hueste, habían modificado completamente su carácter, acostumbrándole a tratar con marcial fraternidad y superioridad bondadosa a las gentes sencillas.

El, que en su juventud negaba el saludo, en Palacio, a los ministros de la época constitucional, por ser plebeyos, sin otro blasón que el del talento, y que creía que los criados eran gente inferior, digna únicamente de ser tratada a palos, sufría ahora todas las impertinencias de la francota Tomasa, y, hasta algunas veces, se dignaba decir algo para ella, con el solo propósito de que abriera su bocaza y diese salida a una de aquellas carcajadas que hacían temblar el techo.

¡Se encontraba tan bien el conde en aquel comedor! ¡Se respiraba en él tal ambiente de paz y de sosiego!

Baselga no podía explicarse el por qué, pero siempre que se sentaba junto a aquella mesa, acudían a su memoria los recuerdos más felices de su vida, y con los ojos de la imaginación se contemplaba tal como era después de casarse con Pepita, cuando pasaba las noches en el gabinete de su esposa, bailoteando sobre las rodillas la pequeñuela que creía suya.

El había nacido para la vida de familia. Le gustaban la guerra, la agitación, los accidentes inesperados, pero esto era tan sólo por una temporada más o menos larga; pero terminado el período de lucha, consideraba como una gran felicidad tener una familia y seres a quienes amar y que le correspondiesen.

¡Ah! ¡Si Pepita no le hubiese engañado! ¡Si aquella mujer no hubiese procedido tan villanamente, y si él no tuviese el genio tan feroz y arrebatado! ¡Qué feliz hubiese sido!

Además (seguía pensando el emigrado), ya se iba haciendo viejo, cualquier día perdería aquel aspecto, todavía juvenil, que le hacía ser mirado con interés por las mujeres, no pensaba volver a España, se quedaría para siempre en un país extraño, y si no constituía una familia, corría el peligro de arrastrar una vejez solitaria, triste y dolorosa; se exponía a ser un señor García, aunque con menos conformidad y valor, y morir una noche, en su cuarto, sin tener un alma caritativa que le auxiliase.

Estos pensamientos pasaban atropelladamente por la mente de Baselga, justamente cuando hablaba con más jocosidad o entretenía a sus amigos con el relato de sus campañas.