Aquella casa tenía el privilegio de despertar en él los instintos sociables y la afición a la familia.
Además, cuando, a media noche, se veía completamente solo en su habitación, sentía miedo y comprendía que era imposible vivir dentro de la sociedad tan independiente y aislado como en un desierto.
Cuando, después de su viudez, vivía solo en el caserón de sus padres, tenía al menos la ventaja de estar rodeado de gentes que le respetaban como a señor, o que le querían por haberle visto nacer; pero allí no tenía más amparo ni más amistad que la del señor García, viejo que, por su vida solitaria, era en extremo egoísta: o la de la portera, que refunfuñaba así que transcurría una semana sin propina.
Decididamente, las cosas no podían continuar así. Si fuera joven, si todavía no hubiera llegado a los treinta años, como algunos de sus compañeros de emigración, se dedicaría con ellos a la vida alegre y de crápula, tan hermosa en París, y que tanto distrae; pero este remedio a su soledad le resultaba imposible. Era ya demasiado maduro para entregarse a las locuras de la juventud, había sufrido demasiado para distraerse todos los días con los besos de las rameras y los vapores del vino, y, sobre todo no podía resistir tal género de vida, porque era pobre. La administración de los bienes de su hija debía ser asunto muy enrevesado y costoso, pues el padre Claudio se limitaba a remitirle una cantidad mezquina, que apenas si bastaba a cubrir, en París, las necesidades de una vida modesta.
El recuerdo de su hija vino a iluminar repentinamente el cerebro de Baselga, una noche que se revolvía en su cama impresionado por el ambiente de familia que respiraba cotidianamente en casa de Avellaneda.
Ya había encontrado la solución, y se extrañaba de no haber dado antes con ella. Ya no estaría solo ni carecería del cariño y del cuidado cuya necesidad se siente con más fuerza que nunca cuando se vive alejado de la patria.
Sacaría a su hija del convento y haría que viniese a París a vivir con su padre. El bueno del padre Claudio se encargaría de esta comisión, y el asunto era cosa de poco tiempo. Dentro de un mes estaría ya la niña en aquella habitación, o en otra más grande y cómoda, pues como no habría que pagar la pensión en el convento, el padre gozaría del producto íntegro de sus bienes.
¿Quién podría oponerse a esto? Nadie: él era el padre, y podía obrar como mejor le pareciese.
Baselga saboreaba ya su dicha y se felicitaba por su buena idea, cuando un pensamiento desconsolador vino a fijarse con tremenda tenacidad en su cerebro.
¿Qué cariño podría encontrar en aquella niña que no era su hija? ¿Cómo iba a amar a aquel ser, producto de la liviandad de su esposa? ¿No le estaría recordando a todas horas aquella mujer que tan tristemente había influído en su porvenir, y al regio amante a quien tanto aborreció?