No; era una verdadera locura traer la niña a París. Bien estaba en el convento, lejos, muy lejos del que ella creía su padre, y el cual nunca podía amarla.
Pero apenas Baselga adoptó esta resolución, que parecía salvarle de un peligro tan grave como era volver a las melancolías que le producía el continuo recuerdo de su pasada vida, surgió nuevamente y con más fuerza el temor de seguir viviendo completamente solo en el seno de una ciudad que, aunque populosa, resultaba para él un desierto.
No; él no se resignaba a seguir por más tiempo en tan anormal situación. Necesitaba tener a su lado un ser a quien adorar y hacer partícipe de sus alegrías y de sus tristezas. ¿Dónde buscarlo? He aquí el problema.
Al llegar Baselga a este punto en su nocturna meditación, una maldita idea, con la viveza de un duende, surgió del almacén de los pensamientos absurdos y se puso a danzar en su cerebro. Tanta impresión causó al conde aquel pensamiento inesperado, que no pudo menos de turbar el silencio de su alcoba, lanzando una ruidosa carcajada.
¡Vaya una idea diabólica! ¿Pues no acababa de ocurrírsele el casarse? ¿Y con quién? ¡Había que reirse!... Nada menos que con una mujer que podía ser su hija: con aquella María Avellaneda, que tenía más aire de futura monja que de señora de su casa.
¡Buena pareja harían! De seguro que, a realizarse tal idea, la fidelidad conyugal añadiría un ataque más a los muchos que continuamente sufría en el mundo.
A Baselga le parecía imposible que hubiera podido ocurrírsele tal idea, y se avergonzaba de ella, lo que no impedía que siguiera acariciándola como si gozase en apreciar toda la cantidad de absurdo que encerraba.
¡Qué dirían sus compañeros de emigración y sus amigos jesuítas al saber que él pensaba semejantes barbaridades!
Tanto rumió el conde aquella loca idea, que al fin comenzó a encontrarla cierta naturalidad. Bien considerado, ¿no ocurrían todos los días casamientos tan desiguales como el que él se imaginaba?
Además, él no estaba viejo. Las penalidades de la guerra no le habían quebrantado mucho, y tenía una salud a toda prueba. Alguna que otra cana indiscreta comenzaba a marcarse en su cabeza; pero todo lo compensaba su figura, que no debía de haber desmejorado, a juzgar por la atención que merecía entre las francesas de vida galante.