El Baselga enamorado entregábase a las más risueñas ilusiones; por más que buscaba, no encontraba ningún obstáculo serio que pudiera oponerse a la felicidad soñada, y se veía ya casado con María, y hasta padre de hijos más legítimos que aquella niña que estaba en el convento de Madrid; pero tales pensamientos no prevalecían mucho tiempo, pues inmediatamente surgía el Baselga hombre práctico, conocedor del mundo y desengañado de él, que se echaba en cara su propia tontería y, para desengañarse, exageraba la diferencia de edad y todo cuanto pudiera oponerse al soñado matrimonio.

¿A qué lado decidirse? Esta era la continua preocupación del conde, que a cada momento acariciaba un pensamiento distinto, acabando por no adoptar resolución alguna.

Así fué transcurriendo mucho tiempo, y en casa de Avellaneda nadie se apercibió de lo que ocurría en el interior de Baselga.

María, con ese instinto especial de las mujeres, comprendía que el emigrado experimentaba una continua preocupación; pero estaba muy lejos de imaginarse que era ella el objeto de tales pensamientos.

Ya no se condolía el conde de su soledad, ni pensaba en casarse únicamente por tener a su lado un ser que le hiciera más llevadera la emigración.

Lo que a él le impulsaba hacia María era el amor, y como la verdadera pasión logra siempre acallar toda clase de preocupaciones, Baselga se decidió a declararse a la joven, aun a riesgo de caer en ridículo y sufrir una negativa que desvaneciera todas sus ilusiones.

El amor triunfaba del sentido común.

X

Declaración.

¿Cómo supo María que era amada por el hombre cuya imagen no la abandonaba ni aun durante el sueño?