Fué en una tarde de primavera y en aquel paseo del Luxemburgo, que había sido el mudo y cariñoso testigo de todos los juegos y alegrías de su infancia.
Hermosa decoración, digna de la amorosa escena. El lindo paseo sacudía el manto de fría esterilidad con que el invierno le había aprisionado, y en las entrañas de su fresca tierra despertaban de su sueño de seis meses los fructíferos gérmenes que, estallando hacia arriba, se disponían a ver la luz en forma de verde follaje o de olorosas flores.
La savia, cuajada, comenzaba a bullir en las venas de los árboles, y, rompiendo la débil puerta de las tiernas yemas, cubría el ramaje hasta entonces negro, escueto y casi fúnebre, de verdes hojas que filtraban la luz fantásticamente y que, a la menor caricia del viento, se conmovían como una arpa eólica cantando, con interminable susurro, la embriagadora canción de la primavera.
Los perfumes de las primeras flores invadían el espacio y bajaban hasta el fondo de los pulmones, ávidos de aspirar las primicias de los besos de la hermosa estación, y los pájaros, cobijados hasta entonces en los aleros de los tejados, tímidos y medrosos, huyendo siempre del furioso viento, o recelando de la traidora nieve, bajaban ahora al paseo y, ebrios por los efluvios de la desbordada naturaleza, volaban en caprichosas evoluciones, posándose tan pronto en lo más alto de la balanceante rama, para saludar al sol con su balbuciente canto de niño, como descendiendo a los andenes del paseo, para acompañar con sus graciosos saltos la lenta marcha de los paseantes.
Aquella tarde, María llevaba por acompañantes a Tomasa y al señor García, pues su padre había querido aprovechar el buen tiempo para ir al cementerio del Padre Lachaise y colocar una corona de flores sobre la tumba de su esposa.
Baselga marchaba al lado de la joven, que, de vez en cuando, fingiendo distracción, le miraba con el rabillo del ojo.
María esperaba que en aquella tarde ocurriera algo que fuese para ella de gran importancia.
Era extraño, y digno de llamar la atención, el que Baselga, que no asistía más que de noche a su casa, se hubiese presentado aquella tarde con el pretexto de buscar al señor García, mostrando gran empeño en invitarla a un paseo por el Luxemburgo, a pesar de que a ella le parecía mejor quedarse en su habitación.
Además, el emigrado no tenía el aspecto de costumbre.
Mostraba cierta agitación desde que la criada y el preceptor quedaron algo más atrás, dejándolo solo al lado de María, y hablaba con aire distraído, como si le agobiaran importantes pensamientos, o estuviera fraguando un plan de gran trascendencia.