Pero la joven, como si todavía fuese una niña temerosa de los azotes paternales, temblaba al escuchar tal proposición y se oponía a que su padre tuviera noticia de sus amores, dejando siempre para más adelante tal revelación.
Lo único que Baselga adelantó fué participar a la omnipotente Tomasa sus relaciones con María, y desde entonces la criada fué la medianera y protectora de aquellos amores.
XI
En el despacho del padre Fabián.
—Entrad, señor García, entrad. Tengo grandes deseos de hablaros.
—Reverendo padre—dijo el viejo español, penetrando en el despacho después de haber anunciado su visita, sacando la cabeza por el resquicio de la entreabierta mampara—, me habéis mandado llamar y aquí estoy, como siempre, fiel a vuestras órdenes.
—Yaya, sentaos y encareced menos vuestra puntual fidelidad, pues si os dejan hablar os tendrán por el primer servidor de la Compañía, siendo así que, aunque con mucha voluntad, pecáis de descuidado.
—¿Por qué decís eso, reverendo padre?
—Tenemos que hablar mucho sobre vuestro negocio en la casa de la rue Ferou. ¿Cómo está aquello?
—Como siempre, reverendo padre. Todo marcha bien. El asunto sigue presentándose magnífico.