—¡Magnífico!, ¡magnífico!—repuso con acento irónico el padre Fabián Renard—. Parece imposible que un hombre de vuestra edad y vuestra experiencia hable con la ligereza de un muchacho atolondrado y prometa facilidades donde sólo hay dificultades. ¿Cómo está el señor Avellaneda?

—Tan supeditado como siempre a su amigo y administrador. Su voluntad es mía, o más bien dicho, es nuestra.

—¿Y su hija?

—Sigue tan aficionada, como siempre, a la vida religiosa, y es seguro que profesará en el convento que nosotros le indiquemos.

—¿Y por qué no lo ha hecho ya?

—Porque... porque..., ¡francamente, reverendo padre!, esa joven experimenta lo que todas a los veinte años. Tiene aficiones monásticas; pero las pompas del mundo le atraen un poco y está dudando entre el diablo y Dios, para decidirse, al fin, por este último. Bueno es que dude, pues así el desengaño será mayor y se acogerá con más fe a la vida religiosa.

—Señor García, sois un mentecato. Yo soy quien sabe por qué esa joven no entra en el convento.

—¿Por qué, reverendo padre?—contestó el vejete, que correspondía al insulto del superior con aduladoras sonrisas.

—Porque está enamorada.

—¡Enamorada!—exclamó verdaderamente sorprendido García—. ¿Y de quién?