El padre Fabián miró de pies a cabeza a su subordinado, hizo un gesto de desprecio y, sin hacer caso de su sorpresa ingenua, continuó preguntando:

—¿Visita el conde de Baselga muy a menudo la casa de Avellaneda?

—Va casi todas las noches. Se encuentra solo, no sabe pasar sin mí y además en dicha casa encuentra una tertulia de buenos amigos y honesta conversación.

—¿Sois vos quien lo presentasteis en la casa?

—Sí, yo fuí, reverendo padre; creo no haber faltado con ello a vuestras instrucciones.

—¡Imbécil! ¿Y quién os manda relacionar al conde con la familia de Avellaneda?

—Reverendo padre, permitidme que os diga que fué vuestra reverencia quien me encargó ser el guía del conde en París, y no creo haber faltado a vuestras instrucciones presentándolo en dicha casa, tanto más cuanto que el señor Baselga deseaba tener amigos.

—Pues bien; sabedlo, hombre obcecado. María y el conde se aman y se cortejan en vuestras propias narices.

El vejete experimentó tan tremenda impresión como un devoto a quien el Papa le dijera que no hay cielo.

Quedóse estupefacto por algunos instantes, pero fácilmente se repuso y, con sonrisa de incrédulo, contestó a su superior: