—Permítame vuestra reverencia que le diga que lo han engañado. Seré tan imbécil como vuestra reverencia quiera, pero a un hombre como yo no le pasa desapercibida una cosa de tanta importancia.

—Señor García, ¿conocéis bien los estatutos de nuestra Orden? ¿Sabéis de qué modo realizamos nuestros negocios?

—Creo que sí. No soy nuevo en la Compañía.

—Cuando a un hermano se le encarga un negocio, ¿qué es lo primero que hacemos?

—Designar a otro hermano que sea desconocido por el primero para que le vigile y dé cuenta del modo cómo lleva a cabo el asunto y si procede con acierto.

—Perfectamente. En esta ocasión, como en todas, el ojo de la Compañía, que ve hasta en las mayores tinieblas, os ha vigilado mientras trabajábais "para la mayor gloria de Dios" en el seno de la familia de Avellaneda, y por este medio nos hemos convencido de vuestros desaciertos y vuestros descuidos. La vigilancia del hermano encargado de espiaros ha penetrado hasta el interior de la casa de Avellaneda, y por una de las domésticas, de nacionalidad francesa, hemos sabido que el conde y la niña se aman, que aprovechan la menor ocasión para hablarse solos y sin testigos y que diariamente y a la hora de despedirse cambian una carta ante vuestros ojos de topo. Ya veis que estos datos no admiten réplica, y para avergonzaros más, aun faltando al sigilo que recomienda la Orden, os digo el medio por el cual hemos adquirido tales noticias.

—Reverendo padre—dijo el viejo con desaliento, aunque con el deseo de no pasar por vencido—, eso puede ser muy bien un chisme propio de una sirvienta.

—Si esa doméstica ha mentido no puede hacer lo mismo el hermano encargado de espiaros, y éste declara que varias tardes ha visto pasear en el Luxemburgo a Baselga y a la señorita Avellaneda muy amartelados, mirándose con la empalagosa dulzura de los amantes, mientras que vos, con aire de estúpido que os es el más propio, íbais a pocos pasos de distancia hablando majaderías con el padre o la criada.

—Permitidme que os diga que ese hermano, a quien no conozco, puede haberse equivocado y que su deseo le habrá hecho ver cosas que sólo existen en su imaginación.

Creía el señor García que con esto lograba desbaratar todas las acusaciones de su superior, pero se quedó frío cuando éste exclamó con acento colérico: