—¡Aún encuentra vuestra imbecilidad objeciones que oponer! Pues para que os confundáis puedo enseñaros las palabras amorosas que nuestro hermano ha sorprendido, paseando con aire indiferente al lado de los amantes, y que tengo apuntadas en este legajo.
Y al decir esto golpeaba ruidosamente con su diestra una carpeta repleta de papeles que tenía sobre la mesa y en cuya tapa se leía este rótulo. "Familia Avellaneda. Vale quince millones".
El señor García quedó anonadado, y su superior, gozándose en su confusión y completa derrota, continuó diciendo con colérica voz:
—¿Ya estáis satisfecho? ¿Os falta algo para convenceros de que sois un imbécil completamente inservible? En otro tiempo podréis haber sido muy bueno, pero ahora me parecéis uno de esos perros viejos que han perdido el olfato. Pensad en las consecuencias de vuestra inadvertencia, en el peligro en que habéis puesto los intereses de la Orden, y éste será vuestro mayor castigo.
El viejo bajó la cabeza como avergonzado por aquella justa reprimenda, y durante algún tiempo nada turbó el silencio en aquella habitación.
Reflexionó un buen rato el señor García, y arrojándose por fin a los pies del jesuíta, exclamó con acento dramático:
—Castigadme, reverendo padre. Haced de mí lo que queráis. Soy un miserable que he descuidado los sagrados intereses de la Orden, y merezco un severo correctivo.
El padre Fabián miró con altivez a aquel viejo que se humillaba a sus pies con el aspecto de resignada víctima que espera el golpe, y con una brutalidad soldadesca, dijo:
—Vaya, amigo mío; levantaos del suelo y no sigáis haciendo demostraciones de un arrepentimiento que no sé si sentís. Ya sabéis que no gusto de comedias.
García se levantó del suelo con aire humilde, y el superior continuó hablando: