—Afortunadamente, el asunto todavía tiene remedio. El conde es hombre de mundo que sabe bien lo que se hace; pero la hija de Avellaneda no pasa de ser una chicuela a la que os resultará fácil convencer siempre que apeléis a ciertos medios. Eso es el primer amor y su fragilidad la conozco por experiencia. Una pasioncilla que pasará como nube de verano al soplo de la primera desilusión. Quien me inspira cuidados es Baselga, que me parece un tuno redomado. Vamos a ver si en estos amores tiene su parte el interés. ¿Habéis hablado alguna vez al conde de la fortuna de Avellaneda?

—Ese señor sabe por mí que don Ricardo es rico, o más bien dicho, su hija.

—¿Pero sabe a cuánto asciende su fortuna?

—Creo que no. Baselga no se imagina, ni remotamente, que Avellaneda sea millonario.

—Acordaos bien de todos mis encargos. Ante todo, es necesario saber con absoluta certeza si el conde sospecha de lo cuantiosa que es la fortuna de María.

—Lo sabré, reverendo padre.

—Después, es preciso averiguar si Baselga está enamorado de la joven, o si, tal como yo me lo figuro, la quiere únicamente por atrapar sus millones.

—Difícil es eso, pues el conde, aunque vive conmigo con cierta intimidad, no me habla con entera confianza y sólo dice aquello que quiere. A pesar de esto, averiguaré lo que me ordena vuestra reverencia.

—Baselga es un noble español tan cargado de pergaminos como falto de dinero. No tiene para vivir otros recursos que una parte de las rentas de la hija que tiene en España, y nada tendría de extraño que quisiera enriquecerse merced al efecto que su gallarda figura haya podido causar en esa chicuela.

—Efectivamente, reverendo padre; tal vez sea lo que decís.