—Es necesario también que en un plazo breve estéis enterado de un modo cierto del estado en que se hallan las relaciones amorosas y de si esta pasión es fuerte y digna de inspiraros cuidado. Os exijo que seáis un lince, ya que hasta ahora habéis sido un bestia; que espiéis a los dos amantes y que no paréis hasta penetrar en lo más recóndito de sus pensamientos. Difícil es la tarea para un hombre de tan cortos alcances; pero éste es el único medio para que la Compañía os perdone el peligro en que la habéis puesto con vuestras distracciones.

—Haré cuanto pueda, reverendo padre—contestó el vejete sonriendo con cierta malicia—, y de seguro que no quedaréis descontento en esta ocasión.

—Considerad el inmenso perjuicio que causáis a la Compañía si por vuestra ineptitud María se casa, y su fortuna, esos millones que la Orden cuenta ya como suyos, pasa a manos de su marido. La religión está en peligro, la impiedad la ataca sin tregua y para sostenerse necesita dinero, mucho dinero que le preste nueva vida. Si por culpa vuestra se pierde ese negocio, perjudicáis la causa de Dios, y éste en la hora de vuestra muerte os arrojará al infierno.

El señor García, al escuchar estas palabras, no pudo ahogar una sonrisita burlona que rápidamente contrajo sus descoloridos labios, y que no pasó desapercibida a la inquisitorial mirada del padre Fabián:

—¿No creéis en el infierno?... Bueno, pues yo tampoco. Debía castigaros por vuestro escepticismo, pero me sois simpático porque tenéis sentido común. Esas farsas sólo son buenas para la turba imbécil que nos adora.

—Así es, reverendo padre.

—Pero si no creéis en el infierno—continuó el padre Fabián con el acento con que se dirigía a un camarada—, convendréis en que necesitamos mucho dinero para llevar nuestra obra adelante, y que llegue un día en que la Compañía de Jesús tome posesión del mundo, y que todos cuantos formamos parte de ella seamos los reyes de la tierra.

—¡Oh! Eso sí, reverendo padre—dijo el viejecillo apresuradamente, mientras que sus ojos se iluminaban con una chispa de soberbia ambición.

—Pues bien; esos millones de Avellaneda son un nuevo grano de arena que aportamos a nuestra grandiosa obra de la dominación universal. Además, vos sois como un hijo de la Compañía; entrasteis en ella en vuestra juventud, en su seno habéis crecido, la consideráis como vuestra verdadera familia, y ninguna gloria os será tan grata como el que la Orden, en vista de que la proporcionáis quince millones, os considere como uno de sus hijos más útiles, laboriosos y digno de eterno recuerdo.

—Sí, reverendo padre; ésa es toda mi ambición.