—Excuso, pues, deciros lo mucho que habéis de trabajar para conseguir el hermoso resultado de que la fortuna de Avellaneda entre en nuestro tesoro. Ya sabéis el plan. Que María no se case, que entre en un convento y que haga donación a nuestro favor de todos sus bienes. La Compañía en la actualidad es pobre. Apenas si pasa de ochocientos millones lo que en la actualidad poseemos en el mundo, y el general desde Roma sigue con mirada atenta este negocio del que depende vuestro porvenir y mi crédito. ¡Qué gloria si aumentáramos de golpe con quince millones el capital de la Orden!
El señor García sintió un escalofrío de felicidad al pensar en la grande honra que le proporcionaría el buen éxito de aquel negocio, y dijo con aplomo:
—Lograremos nuestro propósito; no lo dudéis, reverendo padre.
—En esta clase de negocios ya sabéis cuál debe ser siempre nuestra conducta: separar todos los obstáculos que se opongan a la consecución del fin. Sólo los imbéciles reparan en sus empresas en la legitimidad de los medios.
—Soy de esa misma opinión.
—¿Quién nos estorba? ¿Baselga? Pues le apartaremos buenamente de nuestro camino, y si no se puede por los medios pacíficos...
—Se usan otros más convenientes. Lo sé, reverendo padre.
—No olvidéis que igual conducta debe seguirse con el señor Avellaneda, con la doméstica y con toda persona que intente perjudicar nuestros sagrados intereses.
—Así debe ser, reverendo padre. Ante todo la Compañía.
—No; ante todo Dios y nosotros, que somos sus verdaderos representantes.