El señor García se convenció de que por aquella parte no podría adquirir más noticias, y adoptó la resolución de dirigirse directamente a Tomasa, pues sospechaba que ésta forzosamente había de saber mucho de lo que ocurría entre su señorita y el conde.
Al principio de su conversación con la aragonesa, la encontró muy reservada; pero sus dulces palabras hicieron mella en su tosca inteligencia, y al fin Tomasa dudó, acabando por decidirse a revelar a su viejo amigo todo cuanto sabía.
¿Por qué no había de enterarse el señor García de los amores de la señorita? ¿Aquel viejo no era una buena persona que amaba a María casi tanto como ella? No había allí nada malo, y además, el santo varón podía prestar un buen servicio a Baselga sirviendo de intermediario a éste, ya que pensaba pedir al padre cuanto antes la mano de María.
Ella no era egoísta en aquella ocasión, ni quería atribuirse a su persona el mérito exclusivo del casamiento; así es que charló por los codos, revelando al viejo todo cuanto sabía, y rogándole que procurase hacer todo lo posible para que el señor consintiese el matrimonio de aquella pareja tan enamorada, que, según la expresión de Tomasa, se comía con los ojos.
El señor García, oyendo a la criada, se convenció de que, efectivamente, era un imbécil, tal como le decía el padre Fabián. Cuatro meses tenían ya de existencia aquellos amores, sin que él se apercibiera, por sí mismo de nada, y Baselga llevaba sus asuntos tan apresuradamente, que un día de aquéllos, tal vez mañana, pensaba pedir al señor Avellaneda la mano de su hija.
El viejo devoto estaba asombrado. ¡Diablo! Aquel conde, a pesar de su aspecto de soldado algo rudo, sabía hacer las cosas bien y despistar aun a los más allegados. Con justicia figuraba en la Compañía de Jesús.
Propúsose García impedir el rápido desarrollo de aquellos amores y comenzó por exigir a Tomasa el más absoluto secreto de cuanto habían hablado.
—Que no sepan el conde ni la señorita—decía el viejo con la más amable de sus sonrisas—que tú me has revelado el secreto de sus amores. Si ellos ignoran que nosotros nos entendemos, las cosas marcharán mejor, y yo podré con más facilidad conseguir el consentimiento de don Ricardo. Hay que proteger a ese par de enamorados. ¡Con que la señorita ya no quiere ser monja y piensa en casarse!... ¡Vaya!, estas niñas del día son el mismo demonio....
Y el vejete sonreía tan bondadosamente, que Tomasa se sentía dominada por aquel hombre tan amable y simpático, acabando por prometerle que no diría una palabra de todo lo tratado entre los dos.
En la tertulia de aquella noche el señor García ejerció un espionaje digno de acreditarle como hombre astuto y reservado.