Afectando entregarse a ratos a absorbente meditación o sosteniendo discusiones sin objeto con el señor Avellaneda, espiaba a María y Baselga, que estaban sentados junto a una ventana del comedor, logrando sorprender rápidas miradas y otros signos de amorosa inteligencia que hasta entonces le habían pasado desapercibidos.
El viejo estaba irritado por su torpeza, y la rabia que le producía no haber adivinado aquella pasión que se desarrollaba en su presencia la hacía caer sobre los dos amantes que, sin darse cuenta de ello, se habían burlado de él ocultando tan maestramente su afecto. El señor García odiaba a aquella pareja como si se tratara de tremendos enemigos, y tenía cierto placer en pensar que desbarataría su felicidad aunque tuviera que apelar a los medios más extremos.
Cuando llegó la hora de retirarse y el conde, seguido del viejo, salió de la casa con dirección a la calle de los Santos Padres, ninguno de los dos hombres pronunció la menor palabra. Caminaban silenciosos, como abstraídos en sus pensamientos.
De vez en cuando Baselga miraba rápidamente a su acompañante, siempre cabizbajo, y en sus ojos se notaba la expresión interrogante del que duda en confiar un secreto importante.
Habían entrado ya los dos en la habitación del primer piso, y el señor García, con la palmatoria en la mano, se disponía a subir a su buhardilla después de desear al conde muy buena noche, cuando éste le detuvo con un ademán, y dijo con acento que intentaba hacer indiferente:
—Si usted no tuviera mucha prisa en subir a su cuarto, hablaríamos un poco.
—Como usted guste, señor conde. Yo siempre estoy a sus órdenes. Diga usted, que ya le escucho.
Y el vejete, dejando su palmatoria sobre una mesa, se sentó sonriendo amablemente.
Reinó un largo silencio. Ninguno de los dos hombres deseaba ser el primero en hablar; Baselga tenía miedo de exponer su pensamiento y el señor García no tenía prisa y aguardaba pacientemente a que el otro dijera lo que él ya sabía.
Por fin el conde rompió el silencio.