—¿No me dijo usted una vez que María quería ser monja?
—Sí, señor. Esa es su vocación.
—¿Y cuándo entra en el convento?
—No se ha fijado aún la fecha, pero ello será más pronto o más tarde.
—¿Y está usted seguro de que a ella le gusta la vida del convento?
—¡Oh!—exclamó el señor García por contestar algo—. Eso nadie lo puede decir mejor que la interesada.
—¿Y no podría suceder que a María le gustase más ser como todas las mujeres, casándose con un hombre a quien amase?
—Todo puede ser en este mundo—contestó el señor García, y miró a Baselga con aire interrogante como animándole a que se franqueara más.
Pero el conde parecía arrepentido del sesgo que él mismo había dado a la conversación, y se alarmó al considerar que había estado a punto de hacer público su secreto.
No; el señor García no debía de saber nada. Más adelante, cuando el padre hubiese dado su consentimiento y estuviera todo arreglado para la boda, el viejo sabría lo ocurrido; pero ahora no convenía y su instinto le hacía adivinar un peligro en el señor García.