Había que cortar aquella conversación iniciada por él y que comenzaba a hacérsele pesada.
—¡Vaya, querido señor! Es ya muy tarde, usted madruga y estoy imprudentemente quitándole lo mejor de su sueño. A descansar, que usted tendrá para mañana mucho trabajo. ¿Irá usted por la tarde a casa del señor Avellaneda?
El vejete no pudo por menos de hacer un guiño instintivo al oír aquella pregunta. Ya comprendía él lo que aquello quería decir. El conde pensaba sin duda ir al día siguiente a pedir a don Ricardo la mano de su hija.
—Iré, sí, señor. Tengo que arreglar con el señor Avellaneda las cuentas de administración del pasado mes. Además, el pobre señor está, como ya ha visto usted, con sus dolores, y no puede salir de casa, lo que le tiene muy fastidiado. Desgraciadamente, yo sólo estaré con él hasta las cuatro, pues tengo que despachar algunos asuntos urgentes al otro lado de París.
Y luego añadió con ingenuidad asombrosa:
—Si usted no tiene mañana ocupaciones precisas podía ir a acompañarle un rato. El pobre ¡lo agradecería tanto! Además, mil veces me ha dicho que le gusta mucho discutir con usted, a pesar de que odia a los carlistas.
El conde prometió que iría a acompañar al señor Avellaneda, y el vejete, después de repetir sus ¡buenas noches!, comenzó a subir los noventa y cuatro escalones que separaban su buhardilla del primer piso.
Cuando poco después el mugriento levitón quedaba colgado en la percha junto a la cama y el señor García se quitaba los tirantes, mascullando al mismo tiempo, por la fuerza de la costumbre, algunos padrenuestros al ángel de la Guarda, cediendo a la necesidad de hablar alto, que algunas veces le acometía, exclamó interrumpiendo sus palabras con nasales risitas:
—Mañana será el trueno gordo. ¡Descuida, conde arruinado!, que cuando tú vayas a hablar con don Ricardo, ya lo habré yo arreglado de modo que te eche a puntapiés de su casa! ¡Pues no faltaba más sino que ese conde hambriento viniera con sus manos lavadas a apoderarse de los quince millones que tanto tiempo perseguimos! Ese dinero es de la Orden, que cuenta ya con él, y el que intente ponerle la mano, que se prepare a recibir nuestros rayos. ¡Buena se va a armar mañana! ¡Je, je, je!...