—No es necesaria esa entrevista. Conozco muy bien, padre Claudio, el sistema que se emplea para obsesionar débiles inteligencias y los risueños colores con que se presenta la vida del claustro para seducir la viva imaginación de las jóvenes. Mire usted a esa infeliz—y el conde señaló el retrato de su esposa—. Ella, en un momento de alucinación, arrastrada por pérfidos consejos, abandonó la casa de su padre y entró en un convento de París sin dejar por eso de amarme y de desear ser mi esposa. También ella pasaba como joven de vocación para el claustro y, sin embargo, bastó que su padre le permitiese ser mi esposa para olvidar inmediatamente todas las dulzuras monásticas. Mi hija presiento que debe de hallarse en el mismo caso. Conozco a la baronesa de Carrillo, sé cuan terribles son sus manías religiosas, y de seguro que ha trabajado mucho para decidir a Enriqueta a que abrace una vida que le repugna. ¡Quién sabe si hasta la habrá maltratado! Yo hablaré a mi hija y de seguro que leeré en su interior adivinando lo que piensa.

—Según eso, ¿se niega usted a cumplir su voto? ¿Desobedece usted a la Compañía?

Y el padre Claudio, al decir esto, tomaba una actitud amenazadora que irritaba a Baselga, el cual no podía sufrir ninguna imposición.

—Sí, ¡vive Cristo!—gritó el conde—; la desobedezco ahora y siempre que intente inmiscuirse en asuntos que le son ajenos. Las cosas de mi casa sólo a mí me competen, y desde ahora digo que lo pasarán muy mal los que intenten mezclarse en mis asuntos e inciten a mis hijos a que desobedezcan a su padre.

Baselga estaba terrible al decir esto y agitaba en el espacio sus enormes manos de un modo poco tranquilizador; pero el jesuíta no por esto perdió la serenidad. No era valor lo que faltaba a aquel Borgia del jesuitismo; así es que, como si no advirtiera las embozadas amenazas del conde, siguió adelante en la agitada conversación.

—Piense usted que al negarse a obedecer a la Compañía, rompe usted con ella toda clase de relaciones.

—Lo siento; pero por esto no he de cambiar en mis propósitos.

—Al abandonar de tal modo a la Compañía, ésta debe responderle del mismo modo, y, por lo tanto, retirará el manto protector que había tendido sobre usted.

Baselga hizo un gesto como indicando que no comprendía qué protección era aquélla.

—Usted, señor conde, tiene en su vida algo que ocultar y existen pruebas que pueden comprometerle seriamente. ¡Quién sabe lo que a usted podrá sucederle el día que nuestra Orden no esté a su lado para prestarle su protección! Recuerde cierto papel firmado por usted que, de hacerse público, le produciría grandes disgustos.