—Recuerde, pues, el hermano, ya que así le place llamarse—dijo el jesuíta con tono de autoridad—, que al entrar en nuestra Orden hizo voto de obediencia a sus superiores, y que yo, como su superior supremo en España, le ordeno me obedezca para mayor gloria de Dios y en nombre de nuestro padre general.
Y el jesuíta, al decir esto, se erguía en su asiento y extendía la diestra con aire bizarro, adoptando una actitud lo más imponente que le permitían sus facultades de actor. Pero al conde le causó poca impresión aquel arranque de autoridad que el padre Claudio creía irresistible, pues encogiéndose de hombros se limitó a contestar con frialdad:
—¡Bien! ¿Y qué?... ¿Para qué se me recuerda mi voto de obediencia?
—Para que acate usted mis órdenes y no se oponga a la vocación de su hija.
—¿Es que la Compañía, no contenta con disponer del individuo para mayor gloria de Dios, ha de intervenir también en asuntos puramente de su familia?
—La Compañía interviene en todo, siempre que sea en bien de la religión, y puede, con perfecto derecho, como usted ya sabrá por haber leído nuestra Mónita secreta y los comentarios de nuestros más célebres escritores, aconsejar al hijo que niegue la obediencia a su padre y hasta que lo mate, siempre que éste le incite a desconocer y abandonar la fe católica.
—Siempre me ha parecido eso un crimen; pero, aparte de ello, en el presente caso no tienen ninguna relación esas leyes; yo no incito a mi hija a que abandone su religión, pues lo que hago es oponerme a que me la roben. Que ame Enriqueta cuanto quiera a Dios, que sea un modelo de religiosidad y devoción, no me producirá ninguna molestia; lo que yo no quiero es que ella sea monja.
—Pero ella quiere serlo, y en tal conflicto, la Compañía, siempre benéfica con el débil y con la virtud, debe colocarse al lado de la hija y frente al padre que quiere violentar una santa devoción.
—La Compañía se colocará donde le dé la gana—contestó rudamente Baselga, que ya comenzaba a cansarse—; pero como yo soy el padre y no doy mi permiso, tendrá que considerarse vencida. Si Enriqueta quiere ser monja (lo que dudo mucho), que espere a ser mayor de edad, cuando no será ya indispensable mi consentimiento.
—¿Quiere usted que llamemos a la niña y a doña Fernanda? Usted mismo le preguntaría sobre sus aficiones, y la contestación que ella dé será el mejor medio de que usted se convenza de la injusticia con que se opone a su vocación.