—Sí; me niego y me negaré siempre. Usted, como sacerdote, cumpla su obligación trabajando para arrebatar una mujer más a la sociedad y hacerla entrar en la vida mística; yo como padre cumplo mi deber oponiéndome a que mi hija sea infeliz alejándose para siempre, en la edad de la inexperiencia, de un mundo en que sufrirá muchas tristezas, pero no por esto dejará de encontrar mayores alegrías. Dios crió a la mujer para que el mundo no se extinguiera, y con ella estableció la base de la familia. Evitar que la mujer sea madre es ir contra Dios. ¡No olvide usted esto, padre Claudio!
El jesuíta fué a contestar a estas últimas palabras, pero se detuvo, y como si una idea favorable acabase de surgir en su cerebro, púsose a reflexionar mientras Baselga le contemplaba con desdeñosa superioridad.
El hombre que por tanto tiempo se había considerado como esclavo sumiso de aquel jesuíta que le mandaba con aire sonriente, aunque con despótica autoridad, enorgullecíase ahora al ver cómo su tirano quedaba vencido momentáneamente.
Parecía que el padre Claudio iba a disparar su último tiro contra aquella voluntad rebelde, pues después de contraer su rostro con aquella sonrisa especial propia de los momentos difíciles y que hacía temblar a cuantos le conocían íntimamente dijo con voz melosa:
—El señor conde, al hablar así, olvida una cosa de gran importancia.
—No sé qué cosa pueda ser.
—De seguro que el conde de Baselga no querrá romper sus relaciones con la Compañía de Jesús.
—¡Yo!.., ¿Por qué?
—El señor conde pertenece a ella, pues hace muchos años figura en su clase de hermanos seglares.
—No pienso negarlo. Buena prueba de ello es que sobre el pecho llevo el escapulario que nos permite reconocernos a los hermanos aun en los más lejanos países.