—Sé cómo piensa por las relaciones de la baronesa, que es "la única persona que se preocupa de Enriqueta".
—Comprendo la intención con que acentúa usted tales palabras. Algo hay, en efecto, que me hace merecedor de tal censura. Mi dolor interno por la muerte de mi esposa, mi odio a la sociedad, y después mis aficiones, me han tenido alejado de mi hija, me han hecho ser mal padre, y he mirado con una indiferencia culpable todo lo que con ella se relacionaba; pero yo le aseguro a usted que esto no volverá a repetirse ni mereceré en adelante que se me tache de descuidado con mis hijos. Acabo de ver las consecuencias de mi indiferencia y sé el peligro que corre Enriqueta, de seguir más tiempo confiada a la dirección de su hermana. Quiero que en mi casa no mande otro que yo, y desde mañana voy a ocuparme de mi hija y así sabré la verdad.
—¿La verdad?...—preguntó con extrañeza el padre Claudio.
—Sí; la verdad. De seguro que cuando yo hable a mi hija no manifestará ésta tanta afición a la vida del claustro. Yo, padre Claudio, soy de los que creen que ninguna joven tiene gusto de que la entierren en vida, alejándola para siempre del mundo, y del mismo modo creo que si algunas infelices huyen de la sociedad y se encierran en esas casas es por contrariedades sufridas, que, aunque fáciles de reparar, son convenientemente exageradas por gentes sin corazón, que muestran empeño en robar a la nación futuras madres que podrían hacer la felicidad de otras tantas familias y dar a la patria hijos que la honrasen y la defendiesen.
El jesuíta puso en juego todo su mímico arsenal de gestos trágicos para demostrar su escándalo y su indignación, y dijo con voz balbuciente:
—¡Pero señor conde! ¿Qué dice usted? ¡Tratar de ese modo a las instituciones monásticas y a las esposas del Señor! Esas ideas son impropias de un buen católico como todos le creen a usted, y únicamente estarían en su sitio en labios de uno de esos terribles revolucionarios que hoy combaten al Trono y a la Iglesia. ¿Acaso usted no cree en la verdad de las vocaciones religiosas? ¿Duda usted de que hay criaturas privilegiadas a las cuales llama Dios para hacerlas sus místicas esposas?
—No quiero discutir, padre Claudio. Soy católico y partidario de la Monarquía, y esto lo tengo bien probado; pero mis ideas las tengo muy arraigadas y ni usted ni toda la Compañía de Jesús en masa conseguirían que me retractase de esto que digo. Toda la vida he tenido por un absurdo que a una joven que apenas si conoce el mundo y que no se ha separado un momento de sus padres, se la encierre en un convento con el pretexto de querer librarse de los males de una sociedad que ni aun de nombre conoce. Comprendo que un hombre cansado de luchar con sus semejantes y fastidiado de las mentiras sociales, huya del trato con los humanos, y se refugie como eremita en un desierto por faltarle el valor para seguir luchando contra el mundo; pero encerrar en una tumba mística a una joven que conserva puras e intactas sus ilusiones y que empieza a vivir, es un crimen, entiéndalo usted bien, reverendo padre, es un asesinato moral del que Dios no puede menos que pedir estrecha cuenta.
El conde hablaba con acento indignado y en sus ademanes nerviosos adivinábase que estaba sintiendo aquello que decía.
El jesuíta conocía perfectamente el carácter de Baselga y sabía que en tales instantes discutir ideas en él tan arraigadas equivalía a comprometerse en una discusión acalorada e iracunda que fácilmente podía tener como final el arrojarse a la cabeza, como postreros argumentos, los libros del despacho y aun los muebles.
—¿De manera—se limitó a decir el sacerdote—que se niega usted a acceder a los deseos de su hija?