—Y la felicidad de los hijos consiste indudablemente en que los padres no violenten su voluntad ni se opongan a sus deseos, siempre que éstos tengan un noble y santo fin.

—Todo eso lo sé hace ya mucho tiempo.

—Lo sabrá usted, señor conde; pero permítame que le manifieste que usted se está oponiendo a una sagrada aspiración de su hija.

—¿Una aspiración de mi hija?—preguntó con extrañeza Baselga.

—Sí, señor conde. Enriqueta quiere ir al convento.

—Es la primera noticia que tengo—respondió Baselga con desdeñosa frialdad.

—No lo dude usted, y si quiere convencerse de ello, pregúntelo a la baronesa, que por haber educado a su hermana es la que conoce mejor su vocación. Enriqueta quiere ser monja.

—Ya va saliendo lo que esperaba. Usted mismo viene a justificar mi negativa a que Enriqueta entrase en un convento para perfeccionar su educación. Lo que yo he dicho antes: primero, colegiala, y después, monja. No está mal urdido el plan.

—Señor conde; hace usted mal en burlarse de ese modo y más aún en oponerse a que su hija siga las inspiraciones de Dios. Yo no digo que Enriqueta quiera efectivamente ser monja, pues a su edad la vocación es poco sólida; pero lo que sí aseguro es que quiere salir de aquí, pues se siente atraída por los místicos, encantos del claustro.

—¿Está usted seguro? ¿Ha consultado directamente la vocación de mi hija?