—Muchas veces es una desgracia tener millones.

El padre Claudio se estremeció internamente. Aquel hombre, que él creía un monomaníaco sometido por completo a su voluntad, sabía adivinar los pensamientos de su interlocutor.

—Señor conde: me ofenden esas palabras, que no sé si creer injuriosas para mí y para la Compañía, pero aunque así sean, las perdono.

Reinó un largo silencio, que interrumpió al fin el jesuíta diciendo:

—Siento mucho que mi proposición le haya producido alguna molestia. Crea que yo siempre procedo guiado por mi afán de dar almas al cielo y de que no se turbe la paz de las familias.

—Gracias por el interés, padre Claudio; pero Enriqueta no necesita que se preocupe de su suerte otro que su padre.

El jesuíta quedó en silencio breves instantes, reflexionando, sin duda, sobre lo que acababa de oír, y después dijo con severo acento:

—Un padre cariñoso debe ante todo procurar la felicidad de su hija.

El conde movió la cabeza en señal de asentimiento y añadió:

—Eso no tiene duda.