—Mi hija no será monja mientras yo viva.

—Ha comprendido usted mal—replicó con viveza el jesuíta—. Lo que yo propongo no es que Enriqueta se dedique a la vida monástica abandonando su familia; conozco bien el inmenso cariño que usted la profesa y sé que no es posible que consienta usted el separarse de ella para siempre. Lo que yo propongo es que Enriqueta ingrese en un convento donde se educan otras señoritas aristocráticas para permanecer allí segura mientras usted lleva a cabo esa obra sublime, tan meritoria a los ojos de la patria y a los de Dios.

—Lo que usted me propone es que mi hija entre en un convento como simple educanda para convertirse después en monja profesa y no salir jamás de él.

—¡Señor conde! Me ofende esa suposición.

—Padre Claudio, ya sabe usted que nos conocemos y que hay entre los dos asuntos suficientemente graves para que no nos consideremos como unos extraños. Sé a dónde van a parar tales proposiciones, pues aunque no soy muy listo, adivino muchas veces lo que piensan las personas que me rodean.

—¿Qué quiere usted suponer?

—Aún no se ha borrado de mi memoria el recuerdo de esa mujer tan amada.

Y al decir esto señalaba el conde a un hermoso retrato de María Avellaneda, única pintura que con sus tonos brillantes alegraba las sombrías paredes del despacho y los tintes obscuros de los estantes cargados de libros. El padre Claudio afectaba no comprender a Baselga.

—Esa infeliz—continuó éste—también encontró en París quien mostró empeño en meterla en un convento. ¡Parece esto la fatalidad que pesa sobre la familia Avellaneda!

Y a continuación añadió, sonriendo sarcásticamente: