—¿Pues qué quiere usted decir?
—De Ricardo nada. Al fin pertenece a nuestro sexo y para un hombre no es tan ruda la lucha que ha de sostener en la sociedad para mantenerse a cierta altura. Pero piense usted en Enriqueta. ¿Qué sería de ella al quedar huérfana?
—Sentiría mucho la muerte de su padre, mas no por esto quedaría desamparada. Tiene a mi hija Fernanda, y además, una joven rica como lo es ella, siempre encontraría entre mis parientes de la nobleza quien velara por ella. Esto sin contar que ya no es una niña, y que dentro de pocos años estará ya en estado para casarse con quien ella elija, siempre que sea un hombre perteneciente a su clase.
—Veo, señor conde, que no quiere usted atender a lo yo le propongo y que se forja ilusiones para no contemplar la realidad. Yo hablo del presente y del peligro que a causa del heroísmo de su carácter, corre su hija de quedarse huérfana.
—¿Y qué quiere usted proponerme?
—Yo—dijo el padre Claudio preparándose a dar el golpe y revistiendo sus palabras de la mayor sencillez—pensaba poner a Enriqueta a salvo de todo infortunio y hacer que antes de que usted partiera para Gibraltar su hija quedase en un puesto de confianza donde se ocupasen de su educación, por cierto algo descuidada, pues la baronesa, ocupada en las empresas benéficas, a las que le arrastra su religiosidad, no puede pensar en la cultura de su hermana.
—Concrete más su proposición, padre Claudio—dijo Baselga con fría entonación.
—Pues bien; le propongo, haciéndome en esto intérprete de los deseos de la baronesa, que Enriqueta vaya a educarse en un convento de nuestra confianza.
El conde no era ya el mismo de momentos antes. El entusiasmo y la confianza que mostraba al jesuíta hablándole de empresas militares había desaparecido, y ahora escuchaba al visitante con fría reserva, lanzándole de vez en cuando una mirada escudriñadora que pugnaba por atravesar aquella astuta máscara, adivinando lo que existía tras la dulce sonrisa jesuítica.
Cuando el padre Claudio formuló su proposición, Baselga le miró fijamente y contestó con lentitud: