—Supongamos, señor conde, que yo, como así lo espero, proporcione los elementos necesarios para la empresa, y encuentro gente dispuesta a dar el golpe sobre Gibraltar. ¿Quién se encargará de ponerse al frente de los que se apoderen de la plaza?
Baselga mostró en su rostro la misma extrañeza que si oyera a alguien dudar de su valor.
—¡Quién ha de ser! ¡Yo!—dijo con sencillez heroica.
—¿Y ha pensado usted bien las consecuencias que pudiera traerle un fracaso? ¿Ha considerado que en la aventura puede perder la cabeza? Las autoridades inglesas son inexorables con el que quiere arrebatarles algo de lo que poseen, y lo menos que con usted harían, si fracasa el golpe, sería ahorcarlo.
—Nada me importa eso—contestó el conde con frialdad—. He expuesto mi vida muchas veces, para que pueda sentir temor ante tales peligros. Yo iré al frente de los buenos españoles que intenten devolver Gibraltar a España, y si es que la suerte nos es adversa, ¿qué fin puedo ambicionar más glorioso que morir por mi patria, aunque sea de un modo infamante?
—Muy bien, amigo mío. Sigue usted siendo un héroe y la edad no ha amortiguado sus bríos. Pero es preciso que antes de acometer tan santa empresa, que tal vez le conduzca al martirio, piense usted en asegurar el porvenir de sus hijos.
—¡Mis hijos! Gracias a Dios no tengo que pensar en ellos. Son ricos y su porvenir está asegurado. Además, dentro de pocos años tendrán ya edad para casarse y constituir familia.
—Pero entretanto, señor conde, reconozca usted que si por desgracia pierde la vida en esa empresa que vamos a realizar cuanto antes, la situación de esos dos jóvenes solos en el mundo, pues apenas si tienen familia, será apuradísima.
—Tienen a mi hija Fernanda, que por su edad y su experiencia, puede servirles de madre.
—No basta eso.