Por fin, un día, en un rato de excitación patriótica, Baselga hizo traición a la reserva que se había prometido y relató al padre Claudio su plan sobre Gibraltar con todos sus detalles.
El jesuíta sonreía casi imperceptiblemente. Al fin lograba aquella confianza solicitada de tan diversos modos.
¡Cómo pintar el entusiasmo patriótico del padre Claudio! Primero quedóse perplejo, mostrando admiración y duda como si su inteligencia no alcanzase a comprender un plan tan colosal; después, su rostro se animó como a impulsos de excitación inmensa, y, por fin, abrazó al conde con nervioso impulso, diciendo, con acento entrecortado por la emoción, que Dios y la patria sabrían agradecer una empresa tan sublime.
Baselga se enterneció ante aquel arranque de entusiasmo patriótico, y llevado de un risueño optimismo, se dijo interiormente que aquel jesuíta era una buena persona, que si cometía alguna mala acción era indudablemente por exigencias de la Orden.
Desde que el conde hizo tales revelaciones no tuvo quien más atentamente se interesase por la realización de tal plan.
Todas las tardes iba, según su costumbre, a visitar a Baselga y se enteraba minuciosamente de sus propósitos, mostrando una admiración sin límites cada vez que su amigo le hacía una nueva confianza.
—¡Oh! Esto halaga—se decía el conde al quedar solo—. Esto da nuevas fuerzas para seguir adelante. ¡Si todos fuesen tan buenos españoles como el padre Claudio! Después dicen que los jesuítas no tienen patria ni se interesan por otra nación que Roma.
Por su parte, el reverendo padre aumentaba el entusiasmo de su amigo, prometiendo hacer cuanto pudiese en favor del plan. El no sabía los servicios que podría prestar, pero tenía amigos en todas partes, y, ¿quién sabe si en Gibraltar encontraría alguien que quisiera entrar en la patriótica aventura?
Transcurrieron algunos días sin que los dos amigos hablasen de otros asuntos que la atrevida reconquista del Peñón. Quirós, siempre excusándose con sus trabajos en el ministerio, iba ya pocas veces al despacho de Baselga; pero éste se mostraba tan entusiasmado y satisfecho del padre Claudio, que consideraba ya al joven diplomático como lo que era realmente. Ya no veía en él un joven serio e ilustrado, sino un pollo insubstancial e intrigante, que a lo más le servía para sacar cuantas noticias deseara del ministerio de Estado.
El jesuíta tenía por su parte un plan marcado que iba desarrollando lentamente, y cuando creyó poseer la confianza de Baselga, abordó una tarde resueltamente el asunto.