Lo que él creía un cordero resultaba un león que, con sus zarpas poderosas, hacía retroceder al domador.

La sorpresa que experimentó el jesuíta ante aquella transformación inesperada fué grande; mas no por esto se dió por vencido, y fué necesario que reflexionase largo rato para convencerse de que por el momento no disponía de ningún medio de persuasión para vencer la terquedad del conde.

¿Había él por esto de abandonar su empresa y resignarse a que los millones de Avellaneda no fuesen a parar a las arcas de la Orden? Su porvenir iba en ello, y para realizar su suprema ilusión, que era el generalato de la Compañía, necesitaba poner todas sus facultadas en aquel negocio y salir triunfante de él como de otros más difíciles.

Abismado en sus reflexiones permaneció el jesuíta mucho tiempo, mientras Baselga, satisfecho de su energía, y conmovido aún por la ira que le había producido aquella discusión, afectaba una fría severidad, fijando sus ojos en el libro que sobre la mesa tenía abierto.

De vez en cuando el jesuíta parecía detenerse en sus reflexiones y lanzaba sobre Baselga rápidas miradas en las cuales notábase un odio inmenso contra aquel hombre fuerte que, escudado en su amor de padre, sabía resistir lo mismo las seducciones que las amenazas.

A pesar del rencor que demostraban aquellas furibundas miradas, el reverencio padre, transcurridos algunos minutos de profundo silencio, tosió como si fuese a hablar, y después de pasarse las manos por la frente repetidas veces, como para ahuyentar molestas preocupaciones, dijo a Baselga con acento cariñoso:

—La verdad, señor conde, es que, a pesar de nuestra edad, hemos procedido como dos niños, llegando hasta a insultarnos y amenazarnos en un asunto que no merece que tan antiguos amigos se enemisten.

—Usted lo ha buscado, reverendo padre.

—Admito el ser culpable del disgusto y le pido me perdone. Usted comprenderá que, en nuestro estado, son fáciles estas intemperancias. Nos encariñamos con la idea de servir a Dios y llevar almas al cielo, aun a riesgo de enemistarnos con las personas a quienes más queremos. Además, la suerte de la hija de un amigo tan íntimo como usted lo es me inspira un interés demasiado vivo, y de aquí que yo haya estado tan imprudente. Vaya, señor conde, olvidemos el disgusto y démonos la mano como verdaderas amigos.

—No tengo inconveniente en ello.