Y el conde avanzó su mano de no muy buena gana. Tenía motivos para conocer al jesuíta; su rencor no se desvanecía tan fácilmente como el del padre Claudio y temía que aquel súbito arrepentimiento fuese tan hábilmente fingido como la mayor parte de sus afectos.
—Sería una falta imperdonable—continuó el jesuíta—que por cuestiones de apreciación sobre el porvenir de Enriqueta, se enfriase una amistad tan antigua como es la nuestra, y más hoy que trabajamos juntos en una causa santa velando por el honor de la patria. No olvidemos que nos hemos propuesto volver por la dignidad de España.
El jesuíta excitó hábilmente el recuerdo de la reconquista de Gibraltar, empresa que, momentáneamente, había olvidado el conde.
Apenas Baselga recordó aquella sublime aventura que le dominaba desde tanto tiempo antes, desvanecióse el disgusto que la acalorada polémica le había producido, y en sus ojos volvió a reflejarse aquel entusiasmo de iluminado que le rejuvenecía.
El padre Claudio comprendía, indudablemente, que con su actitud de superior despótico, adoptada poco antes, había dado un paso en falso descubriendo prematuramente sus intenciones, y se proponía volver a conquistar la confianza de Baselga, mostrando un entusiasmo sin límites por su patriótico plan y prometiendo ayudarle con más éxito que nunca.
Más de dos horas pasó el jesuíta hablando de Gibraltar y animando al conde a acometer la empresa, describiéndole la plaza y sus defensas con un optimismo que hacía sonreír a su oyente. A todos gusta verse halagados en sus ilusiones, aun cuando se reconozca la falsedad de la apreciación.
Los ingleses, según el padre Claudio, tenían instintos de topo y sólo sabían minar, hasta el punto de que el Peñón era una esponja, y el día en que hiciesen fuego las baterias durante algunas horas..., crac, el monte se vendría abajo dejando sepultada a toda la guarnición. La cosa no era difícil, y para un hombre de tanto corazón como el conde de Baselga apoderarse de Gibraltar era una empresa sin importancia.
Parecía que por la boca del padre Claudio hablaban los autores de los antiguos libros de caballerías, y que Baselga era uno de aquellos adalides de la Tabla Redonda, que de una lanzada desbarataban un ejército o de un papirotazo echaban al suelo los muros de las plazas más fuertes.
El jesuíta no se contentaba con adular, pues guiñando un ojo y moviendo la cabeza con expresión de hombre poderoso, aseguraba al conde que no estaba solo en tal empresa. La Orden tenía amigos allí donde existen católicos, y en la guarnición de Gibraltar figuraban siempre muchos irlandeses, soldados fieles al Papa y obedientes a los representantes de Dios. El ya estaba en correspondencia con algunos oficiales irlandeses y... ¡quién sabe lo que saldría de aquellas relaciones!
El padre Claudio daba a entender con sus gestos que había aún más de lo que decía, pero que se veía obligado a callar por no hallarse el asunto terminado.