Aquello puso de buen humor al conde. Conocía el inmenso poder de la Compañía, y sabía que si ésta le ayudaba en su empresa conseguiría aquella adhesión de los soldados irlandeses, lo que haría que su triunfo fuese seguro.
Cuando el jesuíta se despidió del conde, éste, aunque pensaba hablar a su hija de su supuesta vocación, no guardaba a aquél ningún rencor; tanto le habían conmovido las promesas del poderoso auxilio.
Diéronse las manos con el mismo afecto de siempre, y hasta Baselga rogó al jesuíta que fuese a visitarle con la asiduidad acostumbrada, haciendo caso omiso de aquella "ligera nubecilla".
Había ya cerrado la noche, y al poner el padre Claudio el pie en la calle volvióse con movimiento instintivo a mirar los balcones del pequeño palacio, y por sus ojos pasó aquel relampagueo fugaz que tan horrible le hacía.
—¡Ya las pagarás todas juntas, miserable!—murmuró—. Veremos si por mucho tiempo te burlas de la Orden y te niegas a obedecerla, comprendiendo al fin que hoy ningún mal puede causarte el papel comprometedor.
Y después de desahogarse con estas palabras, masculladas como si fuesen las de una oración, se embobó en su manteo, y dijo con la tranquilidad del que prepara un negocio:
—Esta noche escribiremos a Gibraltar al hijo de James Clark, nuestro antiguo agente.
XVII
Un tesoro de amor descubierto.
Al día siguiente doña Fernanda estaba furiosa, llegando su abultado rostro a un grado tal de rubicundez, que parecía próximo a estallar.