El descubrimiento que acababa de hacer la ponía fuera de sí, y tanta era su indignación, que cuando, cansada de pasear con ademanes de fiera enjaulada por aquel salón de colorido conventual donde reunía su tertulia se sentaba en un sofá y estrujaba con nerviosas convulsiones aquel abultado paquete de cartas, parecía la clásica y viviente estatua de Medea agitada por una rabia loca.

¡Quién iba a imaginarse aquel escandaloso hecho! ¡Quién podía pensar que una muchacha tan recatada y silenciosa como era su hermanastra tuviera tales secretos y se atreviera a sostener unos amores que deshonraban aquella santa casa!

La baronesa no podía menos de celebrar su intuición, para la cual no pasaba inadvertido ningún detalle.

Aquella mañana, al dirigirse al comedor doña Fernanda, había visto a Enriqueta al extremo del corredor leyendo atentamente un papel, que ocultó apresuradamente al ver que se acercaba su hermanastra.

Esta sintió tentaciones de perseguirla en su huída para exigirle que le presentase aquel papel sospechoso; pero por un misterioso y repentino impulso prefirió dejarla escapar como si comprendiese que de otro modo malograba un precioso descubrimiento.

La baronesa almorzó con bastante tranquilidad, fijando de vez en cuando su inquisitorial mirada en Enriqueta, que aquel día era también objeto por parte de su padre de una extraña solicitud. Era que Baselga buscaba un momento favorable para hablar a su hija sin que pudiera apercibirse de ello doña Fernanda.

Esta tenía ya formado su plan, que quería ejecutar cuanto antes, y encargó a Tomasa que acompañase a misa a la señorita, pues a ella, por cierto malestar repentino, le era imposible cumplir esta obligación que diariamente se imponía.

Fuese Enriqueta con el ama de llaves, metióse Baselga en su despacho, e inmediatamente la baronesa, con cierto aire misterioso, y asegurándose antes de que nadie la veía, se introdujo en la habitación de Enriqueta, dispuesta a registrarla con tanta escrupulosidad como un corchete del Santo Oficio.

Allí había misterio y ella pensaba descubrirlo inmediatamente. Aquel papel que tan apresuradamente había ocultado Enriqueta era para la baronesa (sin que ella pudiera explicarse el porqué) la prueba concluyente de que en la habitación de la joven había otras cosas que ella tenía interés en conservar secretas.

¿Habría amores de por medio?