La caja estaba cerrada, pero su pequeña cerraja era un insignificante obstáculo para la baronesa, poco escrupulosa cuando se trataba de satisfacer su curiosidad.
Con unas tijeras hizo saltar la dorada chapa de la cerraja, y, al abrirse la tapa violentamente, cayeron al suelo un gran número de cartas, esparciéndose sobre la alfombra.
La baronesa no pudo reprimir un grito de júbilo. Su rostro tenía la misma expresión del inventor que, después de muchas fatigas, logra realizar un descubrimiento.
—¡Ah! He aquí lo que buscaba.
En una rápida ojeada abarcó todas aquellas cartas que estaban esparcidas a sus pies. Las había en papel de diversas clases; unas estaban amarillentas y manoseadas, como delatando una tenaz y apasionada lectura, y otras, que eran las menos, estaban blancas y tersas, como si hubiesen sido encerradas en la cajita momentos antes.
Aquéllas eran, indudablemente, las últimas que habían llegado, y por esto doña Fernanda, que de un golpe quería enterarse del contenido de aquellas cartas escritas todas en la misma letra, recogió la que le parecía más moderna, y, acercándose a la ventana púsose a leer:
"Cielo mío: Ayer te seguí cuando ibas a misa con tu tía. No sé si me verías. Iba yo a alguna distancia y recatándome, pues todo se perdería si me viera ese "zuavo pontificio" que no te deja a sol ni a sombra..."
La baronesa se detuvo e hizo un gesto de extrañeza.
¡Zuavo pontificio! ¿Quién sería el tal zuavo?... ¡Ah! Ya comprendía. Era un apodo que le ponía aquel infame incógnito.
Doña Fernanda hizo un gesto horrible. ¡Ya le daría ella al insolente, a tenerlo entre las manos como a sus cartas!