La devota siguió leyendo, y cuando terminó la carta, cogió otra, leyendo en cinco minutos más de una docena.

Sentíase invadida por una terrible fiebre, y la indignación le hacía leer con una celeridad pasmosa, sin escoger entre las cartas antiguas y las modernas. Tan vehemente era su deseo de enterarse de los amores de Enriqueta y de saber quién era el hombre que con aquella pasión trastornaba todos sus planes.

La baronesa, al leer cada una de aquellas hipérboles amorosas o los juramentos de eterna pasión, no podía menos de torcer la boca con un gesto de rabioso desdén, propio de una solterona desgraciada que nunca había merecido tales floreos.

—¡Dios mío!—murmuraba con voz entrecortada—. ¡Qué tonterías tan horribles! Sólo una muchacha tan tonta como Enriqueta puede envanecerse con tales requiebros. ¿Qué es esto? ¿Versos también? Vamos, este señor Esteban Alvarez es una alhaja. Ahora resulta poeta. Pero, ¿quién será este hombre?

Y la baronesa, siempre leyendo, hacía esfuerzos por adivinar quién era el adorador de su hermana, sin que las cartas le diesen ninguna luz que satisficiese su curiosidad.

Por fin, al leer una de las cartas que, por estar más ajada que las otras, demostraba su antigüedad, no pudo reprimir una exclamación de sorpresa. Ya sabía quién era aquel incógnito adorador, ya había surgido de aquel fárrago amoroso que ella calificaba de variaciones sobre el mismo tema la personalidad del hombre que había osado poner sus ojos en su hermanastra.

"Nunca olvidaré, vida mía—decía aquella carta—, el feliz instante que te vi por primera vez. Hoy, paseando por el Retiro, recorriendo aquellas alamedas por las que yo iba siguiendo las huellas de tus pasos, recordaba aquella hermosa mañana de invierno en que yo iba tras de ti arrastrado por una fuerza irresistible, hasta el punto de hacer caso omiso de las furibundas miradas de tu “simpática” y “amable” hermanastra. Por cierto que aún recuerdo el piropo que me lanzó el "zuavo pontificio" cuando os acompañé hasta la puerta de vuestra casa."

No necesitó doña Fernanda leer más para saber quién era el adorador de Enriqueta; tenía la baronesa buena memoria, e inmediatamente recordó con todos sus incidentes la mañana aquella en que un militar insolente las siguió por todo el Retiro, llegando hasta la calle de Atocha.

Estaba ya convencida de que el tal Esteban Alvarez era el capitán que tan insolente se había mostrado con ella, y esto aumentaba su indignación. Lo mismo se hubiera enfurecido al saber que Enriqueta mantenía relaciones amorosas con un duque millonario; pero al pensar que un capitán de modesto origen había logrado cautivar el corazón de su hermanastra, aumentaba su rabia.

A su indignación de beata, que veía como mujer enamorada a la que pensaba dedicar al claustro, se unía el sagrado fervor de una mujer noble que se enorgullecía de su bastardía y de tener sangre real en sus venas, ante un amor desigual y deshonroso para una linajuda familia.