Más de media hora permaneció doña Fernanda como clavada en el centro de la habitación y sin fuerzas para continuar aquella lectura que le producía escalofríos de furor, y por fin, como haciendo un supremo esfuerzo, se arrancó de aquel sitio y, llevando sobre ambas manos en arrugado paquete las cartas comprometedoras, se dirigió a su salón, esperando impaciente la llegada de Enriqueta, a la que deseaba confundir.

La indignación contra aquella "mosquita muerta", como ella decía, era inmensa; pues al pesar que le producía el amoroso descubrimiento uníase el haber sido engañada durante tanto tiempo por aquella muchacha que ella creía poco menos que idiota. Al pensar que aquellos amores duraban ya cerca de un año sin que ella hubiese llegado a apercibirse de ello, experimentaba tanta indignación como si hubiese sido víctima de un terrible engaño.

Además, en su odio había mucho de despecho; pues a la solterona despreciada que durante años enteros había rodado por los salones de la alta sociedad sin llamar la atención de los hombres le era forzosamente muy antipática una joven que, apenas salida de la pubertad, y a pesar de vivir en su casa como en clausura, encontraba un adorador y se comunicaba con él burlando la vigilancia de su familia.

Cuando la baronesa oyó las voces de Enriqueta y Tomasa, que entraba en la antesala de vuelta de misa, la baronesa experimentó el estremecimiento de voluptuosidad sangrienta que agita a la fiera antes de caer sobre su víctima.

Doña Fernanda sentía tal impaciencia, que no dejó que su hermanastra fuera a su cuarto para cambiar el vestido, y la llamó con acento imperioso.

Al entrar Enriqueta en el salón, sus ojos parecieron atraídos por un magnetismo misterioso, pues se fijaron inmediatamente en las cartas acusadoras que la baronesa, a fuerza de estrujarlas en sus arranques de indignación, había convertido en una arrugada pelota.

La joven quedóse plantada en el dintel de la puerta, con aspecto tímido e irresoluto, y así recibió la primera rociada de palabras furiosas que salió a borbotones por entre los labios de la baronesa, trémula de ira.

—Pase usted adelante, desvergonzada, pase usted, que ya lo sabemos aquí todo. ¡Miren qué aire de inocencia el de la niña! Cualquiera, al verla, pensaría que en su vida ha roto un plato, y sin embargo, la señorita tiene un novio, sostiene relaciones criminales a espaldas de su familia, y está en correspondencia con un pillete insolente, escribiéndose porquerías, buenas únicamente para ruborizar a toda persona honrada. ¿Es esa la educación que yo te he dado? ¿Es así como debe portarse una señorita honrada y cristiana, a quien todos creen destinada a tan alta honra como es ser esposa del Señor? ¿Qué es esto, di? ¿Qué significan todas estas cartas que tengo en mis manos? Explícate; defiéndete tú misma.

Buena estaba Enriqueta para defenderse. Apenas vió que la baronesa conocía su secreto, y que estaba en su poder el tesoro de amor que tan cuidadosamente guardaba en su cuarto, sintió algo semejante a si se hundiera el pavimiento y el techo cayera sobre su cabeza. Las piernas le flaquearon y tuvo que agarrarse del cortinaje de la puerta para no caer, al mismo tiempo que por sus ojos pasaba una densa nube.

Todo el terror que la baronesa había infundido en aquel carácter tímido con su educación dura, tiránica y austera, despertaba ahora y la joven experimentaba un terror cercano al espasmo.