—¡Oh, por Dios. Fernanda mía! ¡Que nada sepa papá; me mataría, de seguro!
La baronesa mostrábase satisfecha al ver el terror de su víctima. Ya era llegada la hora de imponer condiciones a cambio del perdón y del silencio.
—Vamos a ver: tus lágrimas, ¿son de miedo o de verdadera contrición? ¿Estás realmente arrepentida?
—Sí, hermana mía; perdóname, y que Dios me perdone igualmente.
—Dios te perdonará, si es que tu arrepentimiento es sincero y haces todo cuanto yo te diga. Por de pronto, ayunarás un mes, y en todo ese tiempo sólo saldrás de tu cuarto cuando yo te lo mande. ¿Estás conforme?
Enriqueta hizo con la cabeza una señal afirmativa.
—Entrarás en un convento así que tengamos arreglados todos los preparativos, y entretanto, mientras llega este momento, no te acercarás a los balcones, ni saldrás nunca de casa más que en carruaje y acompañada por mí.
La joven volvió a manifestar su conformidad, y la baronesa siguió exponiendo todas las condiciones.
No hablaría más con aquella grosera aragonesa, medianera de torpes amores, a quien ella, la baronesa, ya arreglaría después las cuentas por ser cómplice y protectora del capitán Alvarez, según se desprendía de las tales cartas. Cuando hablase con su padre el conde, aunque éste intentase disuadirla de sus aficiones monásticas, ella se resistiría tenazmente diciendo que Dios la llamaba al claustro, y además, para fomentar su vocación y ponerse a cubierto de las pérfidas sugestiones de Satán, rezaría todos los días doce rosarios, y antes de dormir se arrodillaría en el desnudo suelo y besaría éste dos veces en señal de cristiana humildad.
Doña Fernanda daba gran importancia a estos detalles de la penitencia, a juzgar por la solemnidad con que los exponía, y Enriqueta manifestaba su conformidad con todo, deseosa de terminar cuanto antes aquella terrible escena.