—Además, te confesarás con el padre Claudio así que éste pueda dedicarte un momento, quitándolo a sus sagradas ocupaciones. Es un santo varón que te dará sanos consejos y a quien debes obedecer en todo si no quieres ir al infierno.
—Te obedeceré, hermana mía.
Faltaba algo grave que decir y que la baronesa guardaba para el último instante. Plantóse frente a su hermanastra, y con ademán imperativo le dijo:
—Para que el perdón sea completo y se borre hasta el último vestigio de esa pasión que te contamina y nos deshonra a todos es preciso que inmediatamente escribas una carta a ese... “señor” Alvarez.
—¿Una carta?—dijo con extrañeza la joven.
—Sí; una carta que yo te dictaré y en la cual le dirás que todo ha sido un capricho de niña, que no le amas ni amarás nunca a ningún hombre, y que tu pensamiento está puesto en Dios.
Enriqueta quedóse meditabunda. Hasta entonces, con el deseo de salir cuanto antes de tan apurada situación, había dicho “sí” instintivamente a todas las proposiciones; pero aquello de mostrar desprecio a Alvarez le repugnaba, y comenzaba a darse cuenta de que la baronesa exigía de ella demasiado.
—¿Qué es eso? ¿No contestas?—preguntó doña Fernanda con irritada impaciencia.
—Eso que me propones no es posible; sería mentir, y la mentira es un pecado horrible.
—Según eso, ¿le amas?—dijo la baronesa abalanzando el cuerpo con nervioso impulso y colocando su congestionada faz junto al desolado rostro de Enriqueta.