—¿Amarle...? No lo sé.

La joven preguntábase si amaba al capitán Alvarez y no sabía contestarse a sí misma. Ciertamente que se reconocía culpable y que temía el castigo de Dios y los horrores del infierno, pues nunca en sus libros de devoción había leído que las santas que vivían en el cielo se hubiesen paseado en vida por las alamedas del Retiro llevando al lado un buen mozo a quien caía bien el uniforme; pero aquello de escribir a Alvarez despidiéndose de él para siempre, le parecía muy cruel, tanto más cuanto que se obligaba a decir una mentira; pues ella, a pesar de sus terrores religiosos, más deseos sentía de ser la mujer del capitán que esposa mística de Dios.

Además, aquella difícil situación, que duraba cerca de una hora, había desvanecido en la joven el terror experimentado en el primer momento ante la indignación de su hermana. Por esto permaneció impasible ante las excitaciones de la baronesa.

—De modo—dijo ésta, cada vez con acento más indignado—que te negarás a escribir esa carta...

—Me niego, sí, me niego porque en ella tendría que decir una mentira, y eso es un horrible pecado. Yo no puedo decir que aborrezco a ese hombre.

Enriqueta dijo estas palabras sin afectación, pero con una entereza que doña Fernanda nunca había supuesto en ella.

Aquello contribuyó a ponerla fuera de sí.

—Miren la mosquita muerta cómo va sacando ya las uñas. ¿Así te he enseñado yo a contestar, gran... pecadora? ¿Esa es la educación que yo te he dado? ¡Ah! No en balde has pasado muchas mañanas en el Retiro hablando con ese grandísimo canalla. El te ha pervertido.

Enriqueta experimentaba la necesidad de defender a su amante. En el seno de su timidez despertábase una irritabilidad que la sorprendía a ella misma, y a pesar de todo el miedo que le inspiraba doña Fernanda, sentíase impulsada a justificar a Alvarez.

Cada uno de los insultos que la baronesa dirigía a éste, causábanla el efecto de crueles latigazos aplicados a su amor propio, y al oír en toda su irritante crudeza el calificativo de canalla, irguió su graciosa figura con fiera altanería, demostrando con el instintivo arranque, que en su ser había algo de aquel Baselga subteniente de la Guardia, susceptible y acometedor como un paladín andante.