—Oye, tú—dijo con insolencia mientras brillaban de furor sus ojos, empañados aún por las lágrimas—. El capitán Alvarez no es un canalla, y yo no puedo consentir que a un hombre honrado se le insulte de tal modo por el delito de amarme.
La baronesa experimentó la misma impresión de sorpresa que sentiría un lobo al verse mordido por un cordero. La buena doña Fernanda dudaba que aquella joven que la miraba con ojos centelleantes fuese la misma muchacha que temblaba al notar en su hermana mayor el más leve gesto de cólera. Aquella rebelión inesperada excitó su carácter irritable, y agarrando a su hermanastra por las muñecas, puso su rubicundo rostro junto al de Enriqueta.
—¿Conque le defiendes?—rugió con acento tembloroso por la rabia—. ¿Conque te indignas por lo que digo de ese hombre? Pues bien, sufre cuanto quieras, que yo no por esto dejaré de decir que ese militarillo es un canalla, un hombre sin educación. No hay más que leer sus cartas. ¡Qué respeto! ¡Qué finura!... ¡Mire usted qué gracioso! ¡Llamarme a mí zuavo pontificio!...
En mala hora recordó doña Fernanda esta expresión de Alvarez. Al acudir a su memoria el apodo con que la designaban los amantes experimentó una indignación sin límites, un cruel deseo de vengarse, y como si la persona que tenía agarrada fuera el capitán, al cual deseaba castigar, apretó furiosa los brazos de Enriqueta. Esta dió un grito de dolor, y como si esto excitara aún más el furor de la doña Fernanda, soltó su presa, e iracunda y terrible, alzó sus dos manos en el espacio y las dejó caer sobre el hermoso rostro de la joven.
La escena fué horrible y repugnante. Las bofetadas y los puñetazos llovían sobre Enriqueta, que algunas veces vaciló próxima a desplomarse por la violencia de los golpes.
—¡Toma, perra!—vociferaba aquel energúmeno con faldas—. Toma otra para que aprendas a sacarme nombres bonitos. Ahí va ésa; traspásasela al granuja de tu amante, a ese que tan “gracioso” se muestra en sus cartas.
Y doña Fernanda seguía lanzando, con voz entrecortada, ironías espeluznantes, al mismo tiempo que Enriqueta se defendía instintivamente cubriéndose el rostro con las manos, gimiendo de dolor y gritando en demanda de socorro.
De repente, la baronesa, que estaba ebria de furor y golpeaba a su hermana con la cabeza baja sin fijarse en sus lamentos, vió que algo entraba en la habitación, con la violencia de una tromba, y en el mismo instante sintió en sus espaldas un tremendo golpe que por poco la derribó en el suelo.
Era Tomasa, que al oír los gritos de Enriqueta, entró precipitadamente al salón. Viendo a la baronesa maltratar a su hermana, la enérgica ama de llaves enarboló una silla y la arrojó sobre doña Fernanda, dándole de lleno en la espalda.
Aquello complicó aún más la situación.