A la baronesa le saltaron las lágrimas por el dolor que le producía el golpe; pero sobreponiéndose a éste y lanzando furiosos rugidos, se arrojó sobre Tomasa sin soltar por esto a Enriqueta, en cuyos brazos había hecho presa.

La escena fué vergonzosa. Tenía todo el carácter de una riña de plazuela, y por lo mismo resultaba extraña en aquel salón lujoso y de tonos lóbregos, que se conmovía con la violencia de la lucha.

Las dos mujeres eran de irritable carácter y fiero empuje; y una lucha entre ellas tomaba un carácter de grotesca epopeya.

El odio tradicional que doña Fernanda sentía contra el ama de llaves encontraba ocasión para desahogarse; y Tomasa, por su parte, no sentía mejores intenciones acerca de la baronesa. El resultado de aquella enemistad antigua se manifestaba por fin en forma de crueles bofetadas, soberanos puñetazos y mordiscos frustrados, todo ello con acompañamiento de frases soeces que se escapaban de las bocas jadeantes y un incesante tirar de las greñas que dejaba las testas de las combatientes tan horriblemente espeluznadas como la cabeza de Medusa.

Enriqueta, arrastrada siempre por su hermana, había quedado sujeta entre el grupo que formaban las dos enemigas, y asombrada, lloriqueando y oprimida por aquel paquete de carne humana, iba de un lado a otro del salón, recibiendo de vez en cuando algún manotazo perdido.

La pelea resultaba ruidosa. El belicoso grupo se empujaba de un extremo a otro de la habitación; las sillas rodaban por el suelo, y un vigoroso codazo de Tomasa hizo añicos con chillón estruendo todo el museo de pinturas fantásticas y estrambóticas con que un artista chino había embellecido el juego de porcelana que adornaba una consola.

Aquella lucha ruidosa, que duraba ya algunos minutos, había puesto en conmoción toda la casa.

Fuera de la habitación sonaban repiqueteantes campanillas y los pasos apresurados de gente que corría.

Nada de esto llegaba a oídos de las dos mujeres, que, tercas en su odio, se hubieran hecho pedazos antes que desasirse.

De repente se sintieron agarradas por dos manazas de hierro que, a pesar de su potencia, hubieron de forcejear algo para deshacer aquel estuche de carne que asfixiaba a Enriqueta.