—¡Papá!—gritó ésta—. ¡Ya llegó papá! ¡Gracias a Dios!

Las dos combatientes, desgreñadas, sudorosas y delirantes como furias, vieron ante ellas al conde de Baselga, con sus enormes manazas, nerviosamente contraídas, y el ceño fruncido.

Aún no se había extinguido en ellas el furor; aún iban a reanudar aquel pugilato del que las había sacado las manos del conde, pero éste intervino con oratoria convincente.

—A la primera que se mueva, de un sopapo la tiendo.

Las dos luchadoras miraron a la puerta, y entonces el furor desapareció para ser reemplazado por la vergüenza.

El escándalo era completo.

Allí, estrechándose y avanzando la cabeza para ver mejor, estaba toda la servidumbre de la casa, desde la doncella de la baronesa al panzudo portero. El cochero y la cocinera hacían esfuerzos para no reírse, y procuraban imitar el gesto de estúpida extrañeza de sus compañeros.

El conde, ante aquella curiosidad doméstica, sufrió como pocas veces en su vida.

¡Cuánto iba a reírse aquella gente! Tenían ya tela cortada para murmuraciones que durarían más de un mes.