Bien hacía Perico en estar orgulloso del buen talante de su señor, porque no podía menos de reconocerse que el capitán Alvarez era un buen mozo, que llevaba como pocos el uniforme del ejército español.

Pisaba con la fuerza de un hombre robusto, aunque algo enjuto; contoneábase con una marcialidad nada afectada y se atusaba la perilla graciosamente cada vez que se quedaba mirando a las muchas mujeres a quienes llamaba la atención.

¡Oh, poder de la marcial gallardía! El vizconde del Pinar, por otro nombre el alférez Lindoro, mozuelo que usaba corsé bajo el uniforme y se apretaba la cintura como una damisela, mostraba gran admiración ante el capitán y confesaba que, teniendo su varonil presencia y la cruz de San Fernando en el pecho, era él muy capaz de conquistar a todas las mujeres de Madrid.

—¡Y pensar—añadía el “dandy”—que tan mágico poder se pierde inútilmente!

Inútilmente no se perdía, pues al capitán Alvarez no le faltaban ciertos trapicheos, y esto quien mejor lo sabía era Perico; pero lo cierto era que ninguna de aquellas pasiones nacidas al volver una esquina duraba más de una semana, y el apuesto militar no había tenido un verdadero amor.

El capitán, expeliendo con fuerza el humo de su cigarro y con aspecto de un hombre feliz, bajó la calle de Alcalá, dirigiéndose al Retiro, su paseo favorito, pues las frondosas y vastas arboledas era lo único que le consolaba de aquella desesperante aridez de los alrededores de Madrid.

Cuando entró en el gigantesco jardín, por la principal avenida, se hizo la ilusión de que entraba en un vergel, pues apenas si algunos paseantes recordaban con su presencia que era aquello un terreno público.

Dos niñas jugaban al extremo de la avenida vigiladas por una vieja criada, y por el centro de aquélla caminaban lentamente dos señoras elegantemente vestidas.

Alvarez fijó la vista en ellas y mientras caminaba las iba examinando sin interés alguno y con el aire distraído del hombre que mira por hacer algo.

Las veía por la espalda, y sin embargo, por la figura y el modo de andar adivinaba en una de ellas, vestida con capota elegante y abrigo de terciopelo, a la niña a quien la pubertad despierta el germen de la hermosura, redondeando las formas, animando la carne con el fuego de la juventud y dando a sus pasos la gracia ingenua de la mujer seductora. La otra, de andar más lento y pesado y de cuerpo un tanto obeso, cubierto por vestido de negra seda y mantilla de blonda, demostraba ser una señora de mediana edad, acostumbrada a ese respeto que se goza en una alta posición social.