El capitán, a fuerza de contemplar durante algunos minutos a las dos mujeres que marchaban delante de él, comenzó a interesarse y hasta sintió cierto deseo de acelerar su paso para ver la cara a la joven; pero cuando ya se disponía a realizar su deseo, las desconocidas torcieron a la derecha metiéndose por una estrecha calle de árboles.
Cuando Alvarez llegó a la embocadura de ésta vió a las dos mujeres que se alejaban, y durante algunos instantes estuvo dudando si debía seguirlas. Pero no tardó el capitán en sentirse atraído por el deseo de dar un paseo a solas, como era su gusto, y desistió de ver la cara a la joven. ¿Para qué? Al fin, era una de tantas, y bastante había hecho el oso en sus tiempos de cadete para ir ahora en seguimiento de unas faldas.
Alvarez siguió la avenida y llegó al estanque, apoyándose en la barandilla y entreteniéndose como un muchacho en silbarles a los cisnes, que, como navíos de nieve, surcaban el terso cristal de agua majestuosamente.
El capitán sentíase embriagado por aquella naturaleza que ostentaba todas sus galas compatibles con el invierno. En el fondo del estanque reflejábase el azul del cielo, al que el exceso de luz daba un tinte blanquecino; los árboles brillaban heridos por el sol; los rasguños de sus cortezas parecían frescas heridas manando sangre, y los rayos de oro, filtrándose por entre el ramaje, colgaban de los ropajes de sombras que envolvían las estatuas deslumbradores harapos de luz.
Las hojas secas caídas en el suelo era lo único que estaba allí atestiguando el invierno, pero movidas por el fresco vientecillo rodaban velozmente, y persiguiéndose buscaban un rincón obscuro donde esconderse, como comprendiendo que eran notas disonantes en aquella deslumbradora sinfonía de la Naturaleza.
Los gorriones, eternos parásitos de aquel inmenso palacio de verdura, piaban alegremente conmovidos por la hermosura que aquel día tenía su habitación, y como si estuvieran convencidos de que en un día tan esplendoroso los hombres no podían ser malos, abandonaban los huecos de los altos troncos con noble confianza y se recorrían a saltos los enarenados paseos, contentos con poder resarcirse de las largas noches de lluvia o de nieve pasadas en aquellos árboles con la cabeza bajo las alas y sin otro abrigo que las temblonas plumas.
Alvarez estaba en éxtasis y parecía embriagado por el perfume incitante de la Naturaleza, que mostrándose tan hermosa en pleno invierno, parecía una dama de edad madura sacando a luz senos de belleza escondidos para deshacer la mala impresión de su ajado rostro.
El capitán experimentaba idénticas sensaciones que cuando se sentía impulsado a escribir aquellos versos que tanta fama le valían en el regimiento.
La hermosura de la Naturaleza le producía dulces desvanecimientos, y en aquellos instantes no se acordaba ya de su uniforme ni de la gloria militar tan ambicionada. Era una cosa bien triste que en un mundo tan hermoso se exterminasen los hombres y vinieran a turbar la dulce tranquilidad de los campos con los estampidos del cañón.
Alvarez, a pesar de sus bélicas aficiones tan arraigadas, reconocía que la paz era para los mortales el más supremo bien, y que constituía un sacrilegio contra la Naturaleza, madre común de todos los seres, el ensuciar con sangre humana, por culpa de viles pasiones, los terciopelos y los rasos, los barnices y el oro que, surgiendo de las entrañas de la tierra, derramábanse sobre ella formando una espléndida vegetación.