¡Qué diablo! El era un muchacho todavía, y aunque fuese capitán, no estaba prohibido hacer lo mismo que en sus tiempos de cadete. Además, todo buen español tiene el deber de ir detrás de los primeros pies bonitos que encuentre al paso, y había que reconocer que los de aquella joven eran dignos de ser cantados por lord Byron.
Se sentía atraído por aquel rostro que, deslumbrador, había pasado ante él envuelto en la blanca nube de la capota, y se propuso saber quién era aquella beldad y contemplarla de frente otra vez.
El sonido que produjo el sable al chocar contra el banco de piedra, hizo que la joven ladease un poco la hermosa cabeza, viendo con el rabillo del ojo y con esa disimulada atención que nadie enseña a las niñas y que todas poseen, cómo el militar se ponía en pie, y estirando su poncho para evitar arrugas antiartísticas, seguía sus pasos, aunque procurando conservar una corta distancia.
La vieja señora debió notar también aquella persecución iniciada por el militar, pues en vez de seguir a lo largo del estanque, torció repentinamente, entrando con la joven en un estrecho paseo.
El militar, siguiéndolas, entró también en el paseo, arreglando su paso al lento de las dos mujeres.
A Alvarez no dejaba de hacerle alguna gracia aquella persecución de una joven bonita, impropia de su carácter y sus costumbres. Aquella insignificante aventura era suficiente para que en el cuarto de banderas bromearan con él semanas enteras si es que, por su desgracia, le sorprendía algún compañero entregado a tal persecución. Realmente, era indigno del "capitán Séneca", a quien algunos tenían por un Napoleón del porvenir, pasar la mañana siguiendo los pasos de una muchacha bonita.
Pronto el militar dejó de pensar en tales cosas, y olvidándose de cuanto pudieran decirle sus amigos, si es que alguno le veía, fijó toda su atención en la joven, convenciéndose de que ésta de vez en cuando le miraba con creciente curiosidad.
Con ese arte, especial privilegio de la juventud, de mirar atrás sin aparentarlo y sin volver la cabeza más que de un modo imperceptible, la joven examinaba a su perseguidor con rápidas ojeadas, y no debía disgustarle su aspecto por cuanto volvía nuevamente a su ocular y disimulada observación.
La señora que la acompañaba no debía experimentar igual impresión, por cuanto varias veces volvió la cabeza, con ademán altivo, enviando al capitán el feroz relampagueo de su irritada mirada.
Pero no era Alvarez hombre capaz de intimidarse ante aquellas manifestaciones de enfado, pues mayores las había sufrido en sus tiempos de cadete, de parte de algunas mamás toledanas, cuando iba en seguimiento de cuantas señoritas encontraba en las calles de la imperial ciudad.