La madura señora no estaba de humor para aguantar aquel espionaje, que iba tomando el carácter de iniciación amorosa. Alvarez la vió hablar con la joven con gesto avinagrado, como riñéndola por la curiosidad que demostraba y que daba al perseguidor mayores ánimos, y tras la rápida filípica, las dos apresuraron el paso saliendo inmediatamente del Retiro.

En las calles de Madrid, Alvarez se hizo más audaz. Aprovechando la gran concurrencia de transeúntes llegó a acercarse tanto a las dos señoras, que casi les pisó la cola del vestido, y así pudo aspirar el fino perfume que exhalaba el cuerpo de aquella niña con todas las seducciones de la mujer.

Estaban en la calle de Atocha y las dos mujeres apresuraban el paso. La joven, ya no miraba al capitán, cuya presencia sentía a sus espaldas; pero la señora mayor volvía continuamente la cabeza y le miraba cada vez con mayor expresión de odio, como si quisiera anonadarle con la majestad de sus furiosos ojos.

Llegaron las dos al portal de una casa de reciente construcción que, aunque no desmesuradamente grande, merecía el nombre de palacio por la elegancia artística de su fachada; y entraron en él, siendo saludadas con gran respeto por el portero, hombre obeso, embutido en un gran casacón, con botones dorados.

Aquella era, indudablemente, su casa.

El capitán, deseoso de alcanzar la última mirada de la joven y ver una vez más su rostro, se colocó con bastante descaro sobre el umbral y vió cómo las dos señoras comenzaban a ascender por la gran escalera de mármol con balaustradas doradas que arrancaba del fondo del patio.

No se había equivocado Alvarez al suponer que aún le miraría la joven, pues ésta, al llegar al gran rellano casi convertido en jardín, donde la escalera se bifurcaba en dos ramas, se detuvo algunos instantes y fijó sin turbación en el capitán sus ojazos tranquilos, en los que se adivinaba usa naciente simpatía.

La otra señora, que subía más pausadamente, también se detuvo en el rellano, y al volver la cabeza y ver al militar plantado audazmente en el centro de la puerta, su rostro se coloreó con los tintes violáceos de la más sofocante indignación.

Mientras su joven acompañante desaparecía en una rama de la escalera, ella quedó algunos instantes inmóvil, como enclavada en el mármol por el furor, y al fin, con voz de tono grave y temblorosa por la rabia, dejó rodar una palabra en la que resumía toda su cólera:

—¡Mamarracho!