Para que aquella seductora imagen que había turbado su tranquila existencia se borrase por completo de su memoria, Alvarez apeló a todos los medios, y durante algunos días hizo, en unión de los oficiales más alegres de su regimiento, una vida de calavera.
Su asistente estuvo varias noches esperándole hasta el amanecer, y una mañana, al ver entrar a su señorito con el traje bastante desordenado, la faz algo congestionada y los ojos más brillantes que de costumbre, sospechó que el alcohol le había poseído durante algunas horas.
El capitán hizo una vida de café y de diversiones menos honestas durante algunas semanas, y al principio se complacía notando que las fugaces y continuas impresiones que aquella existencia agitada le proporcionaba, conseguían borrar de su memoria los angustiosos recuerdos; pero el mismo tenaz empeño que ponía en olvidarse de Enriqueta, era causa, sin duda, de que la imagen de ésta se reprodujese en su imaginación apenas se entregaba a la tranquilidad.
Alvarez se cansó al fin de luchar. Reconocía que era un chiquillo mimado y voluntarioso, como en la época que dormía sobre las faldas de su madre; la contrariedad y los obstáculos excitaban más sus deseos, pero él no tenía otro remedio que ser tal como le había formado su naturaleza; y, víctima de sus naturales impulsos, se reconocía impotente para sofocar aquella pasión que de él se había apoderado.
Estaba verdaderamente enamorado de Enriqueta y no lucharía más, pues era inútil cuanto intentase por sustraerse a tal pasión.
Alvarez se resolvió a volver a sus antiguas costumbres, y tres semanas después del día en que tan ridículamente se portó en la Castellana se dirigió a la calle de Atocha, experimentando al entrar en ella la misma zozobra del enamorado que va a hacer su primera declaración.
Los balcones del palaciego de Baselga estaban herméticamente cerrados, pero el gran portal seguía abierto, ostentándose sobre el umbral el grueso cancerbero con su capote de botones resplandecientes, tan grandes como platitos de azúcar.
Aquel can racional, que tan furibundas miradas lanzaba siempre a Alvarez, al verle esta vez sonrió con toda la expresión que podía dar de sí su boca de escarlata, desgarrándose de oreja a oreja.
El capitán pasó muy lentamente frente a la casa, fijando su mirada en todos los balcones y ventanas, con la vaga esperanza de ver asomarse a la mujer amada. Pero en los dos pisos estaba todo cerrado, y únicamente en la planta baja el portero se encargaba de demostrar que la casa no estaba deshabitada.
Alvarez se alejó pensativo, y de allí a poco volvió a pasar frente a la casa.