El portero sonrió nuevamente con aire de socarronería, y el capitán, a quien aquella clausura de balcones y ventanas había puesto de muy mal humor, se plantó cerca del portal, y atusándose la perilla nerviosamente, miró con insolencia al doméstico.
Este se puso grave. Era hombre de tranquilas costumbres y conocía que aquel militar no necesitaba de muchas excitaciones para entrar en el portal y agradecer su insolencia con unos cuantos trompis.
Aquel majestuoso vientre cubierto de paño azul experimentó la necesidad de congraciarse con el capitán, y haciendo uso de la más amable de sus sonrisas, dijo con acento humilde:
—Es inútil que el señor se incomode viniendo por aquí. Hace ocho días que el señor conde marchó con su familia a sus posesiones de Salamanca, y creo que no volverán hasta el próximo invierno.
Y saludando ceremoniosamente, se metió en su portería con gran prisa.
Quedó Alvarez tan turbado, que ni aún se le ocurrió hacer una pregunta al portero.
Ahora sí que tendría que conformarse a no ver a Enriqueta.
El brillante astro había sufrido un eclipse.
VI
El señorito dice misa.