En aquel pueblecito de la sierra, cubierto por la nieve durante ocho meses del año y oyendo con gran frecuencia el estruendo de los combates que entre “cristianos” y carlistas se entablaban casi a la vista, fué creciendo el pequeño Esteban.

El olor de la pólvora, los arreos militares y las costumbres reguladas por una severa ordenanza, fué lo primero que conoció el pequeñuelo al darse cuenta de su existencia.

De su infancia pasada, en aquella reducida población, lo que más grabado quedó en su infantil memoria, hasta el punto de recordarlo muchos años después, fué las apariciones de su padre, que entraba en la población imponente y magnífico montado en su caballo y seguido de su regimiento que, cubierto de polvo y sudoroso, marchaba al compás de los redobles de tambor, y las aventuras de cierta noche oscura y tormentosa en que un batallón carlista entró por sorpresa en la población, y él, descalzo y semidesnudo en los brazos de su madre, fué conducido al fuerte mientras que oía con curioso terror los gritos y las descargas que estallaban allá abajo en las tortuosas calles.

El pequeño Esteban, nacido entre el fragor de la guerra, educado en ella e hijo de un valiente oficial y de una mujer enérgica, necesariamente había de tener gran afición a la vida militar.

En Valencia, viviendo en plena tranquilidad, el muchacho pensaba con cierta envidia en la vida de agitaciones y sobresaltos que había tenido en Navarra y como nacido entre los horrores de la guerra, creía que ésta era el estado normal de la sociedad y que la paz resultaba una monstruosidad digna de ser deshecha inmediatamente para que el mundo recobrase su equilibrio.

Nada hicieron sus padres para desviar las bélicas aficiones del muchacho, y antes bien, las fomentaron.

El coronel no creía que la profesión militar era gran cosa; antes bien, se sentía predispuesto en todas ocasiones a echar pestes contra ella; pero, ¡qué diablo!, su hijo había de ser algo en el mundo, y al escoger una profesión, más le enorgullecía que pensase en ser militar que en ser cura. En cuanto a la madre, experimentaba ese irreflexivo entusiasmo que sienten la mayoría de las mujeres por los colorines militares, y ya que el padre por su torpeza no había hecho gran carrera, soñaba en que algún día su hijo ceñiría la faja de general.

El muchacho prometía ser un héroe, pues en punto a atrevido y a genio irascible, llevaba gran ventaja a todos los de su edad. Cada mes le arrojaban de la escuela por revolver a alumnos y pasantes, y rara era la semana que el coronel no tenía que intervenir en alguna travesura grave de aquel angelito, que tenía en el puño a todos los muchachos del barrio, y que contaba ya por docenas las víctimas de sus pedradas y sus palos.

A los diez años era un grandullón que se confundía con los muchachos de quince, y apenas violentando la severa consigna dictada por su padre salía a la calle, los perros y los gatos de la vecindad huían despavoridos como un tropel de herejes al ver un sanguinario inquisidor.

En punto a estudiar, no se distinguía tanto. Tenía muy buen ingenio y aprendía las cosas con pasmosa facilidad cuando él quería; pero era preciso confesar que quería muy pocas veces, pues a los diez años leía de un modo lastimoso y trazaba unos palotes inverosímiles.